29 de abril de 2007

Juradito Jones

LA MALDICIÓN familiar ha terminado por atraparme: ya soy un cuatro ojos. Como sabe todo el mundo que lleva gafas, los primeros días todo es dolorosamente nítido, e incluso la perspectiva aérea del miope deja paso a una nueva versión de tridimensionalidad, como más de realidad virtual, y esa sensación borgiana de que los árboles le impiden a uno ver el bosque. Hasta ayer, sin ir más lejos, creía que los "mares" de la luna sólo eran visibles a través del telescopio.

Hace mucho que queremos hablar de Juradito Jones, y hemos de apresurarnos a hacerlo antes de que el sujeto pase completamente de moda. Es una historia de escasa trascendencia, pero que esperamos hará las delicias de nuestros lectores, tan dados a espiar al escritor en su toilette.

Hace cerca de un año, hablando por teléfono con mi madre, me dijo que El Mundo le dedicaba una página entera: «un chico que ha escrito una novela sobre curas pederastas, y creemos que es Juradito». El libro, obviamente, chupa rueda de El Código Da Vinci, y por eso se vendió como churros las navidades pasadas en los corteingleses. Lo han traducido ya hasta a los húngaros, y corren rumores de peli.

Juradito Jones es como todos conocíamos en 1988 a Juan (Antonio) Gómez-Jurado (Álvarez). Con él me tragué toda la educación primaria y secundaria en el antepenúltimo de los colegios del nacionalcatolicismo. En la distancia, creo que es un magnífico nombre de guerra. Juradito se sabía de memoria los diálogos de las películas de Indiana Jones, que entonces todavía eran dos. Yo siempre le tuve una mezcla de admiración y tirria, porque era un liante, y porque daba un poco de grima en el trato físico, pero también porque tenía algo que los demás desconocíamos por completo: un mundo paralelo, una vida aparte de la que hacíamos en el colegio.

«Este es mi sancta sanctorum», me explicó con su inolvidable tono resabido la primera vez que fui a su casa, con catorce años: vivía cerca de la glorieta de Atocha, en un primer piso que de algún modo daba a la planta baja de un patio interior, y allí le habían construido una caseta que él tenía desbordada de tebeos y de muñecos articulados. Yo debía de pensar por aquel entonces que los tebeos eran una cosa subcultural y perniciosa, pero no dejaba de impresionarme que alguien pudiera mantener la actitud activa que requiere ir al kiosco y comprar determinado número de determinada colección, que uno sabe que es el que le va a gustar, o el que le falta. Dos años más tarde me hizo apostar sobre quién publicaría antes un libro. Yo trataba de fingir indiferencia, igual que hice hablando con mi madre por teléfono, pero es innegable que entre los dos había planteada una competición tácita y abstracta. Ahora le debo algo que no recuerdo lo que es.

Un vistazo al primer capítulo de la novela hace que se me pase la pelusa, al tiempo que me entran los habituales complejos culturalistas. ¿Soy yo, o tenían más gracia las cosas que escribía con 15 años? Da la impresión de que su idea de realismo es decir los nombres de las calles. Picado por la curiosidad he cotilleado un poco en internet, encontrando que tiene un blog con la calidad de un chat. O mejor dicho, lo tenía, antes de sustituirlo por publicidad de la edición inglesa de su opera prima. Aparte, tiene una página web en la que se presenta diciendo que le gustan los huevos con chorizo, que su color favorito es el azul y que es apolítico (ya se sabe: el tipo de periodista apolítico que colabora en la COPE y en el ABC...) Pero lo que me revienta no es que haya dado una pasajera campanada con un folletín , sino que su intriga fantástica oculte terrores más reales y frecuentes. Quiero decir, que él estudió conmigo en el colmo de los colmos, el colegio Los Olmos, y sabe que hay abusos más refinados —aunque no menos religiosos— que enseñarte la pilila o despanzurrar cardenales con un cuchillo de pescado: más extendidos que los abusos físicos a menores son los abusos psicológicos, que sabios como Richard Dawkins tratan en vano de poner bajo los focos. Por otra parte, el tema de los sacerdotes pederastas no procesados y de sus miles de víctimas no debería convertirse en mero motor argumental para una novela negra.

Más tarde mi padre compró el libro de marras que, si hemos de hacerle caso, le gustó más que el de Dan Brown. Después de eso, abandonó la novela en una mesa del salón, donde la encontré yo las navidades pasadas. Lo abrí como el que abre la Biblia al azar esperando encontrar un consejo de aplicación inmediata a la propia vida. Casualmente doy justo con la página en la que se resuelve la trama. Un personaje —seguramente el investigador— recibe una carta de otro —que seguramente está metido en un lío— y la lee en voz alta. El contenido es completamente irrelevante, lo que desconcierta al detective. Hasta que tiene una iluminación: pone la carta al trasluz y descubre que algunas letras han sido punzadas imperceptiblemente con un alfiler. Juntando esas letras sale un mensaje mucho más pertinente para la fábula.

Es un truco impresionante, no hay duda. Tan impresionante que no he podido olvidarlo desde que lo vi, de crío, en la serie de Sherlock Holmes de Miyazaki, donde una niña secuestrada lo empleaba para poner al sabueso sobre la pista de su raptor, un caricaturizado Moriarty. Juradito Jones, fan como yo de la serie, vio sin duda aquel episodio, y quizá incluso habláramos sobre ello en alguno de nuestras incontables tentativas de resolver imaginarios casos criminales (o paranormales, porque en los ochenta no le hacíamos ascos a nada). Yo recuerdo haber probado a mandar mensajes secretos de esa manera, descubriendo consternado que un alfiler convencional hace agujeros bastante más conspicuos de lo que la serie de dibujos animados daba a entender.

Unos días más tarde le conté a mi amigo Eduardo la historia de Juradito Jones y de su plagio inconfeso. Intenté quitar hierro al asunto echándolo a cosas de la cultura popular, que nunca ha tenido en demasiada consideración el genio individual. Como muestra del talento precoz de Juradito, le hablé de aquella historia titulada "El evangelio del coyote", que escribió para nuestra revista de 8° de E.G.B. y que me impresionó lo suficiente para recordarla en todo detalle quince años después. Trataba de un coyote que vagaba por un desierto condenado a ser atropellado infinitas veces por los pecados de la humanidad. En ella leí por primera vez expresiones como «el sudor perlaba su frente». Casualmente Eduardo también recordaba en detalle el comic de Grant Morrison que mi viejo amigo había saqueado sin ningún rebozo —el n°2 de Animal man—. Todo termina sabiéndose, Juradito.


La semana que viene nos desplazaremos a un aquelarre filológico en Barcelona, desde donde mandaremos nuestra crónica. Expondremos allí los highlights de nuestra tesis, en un pequeño texto muy didáctico por el que muchos de nuestros lectores podrán saber al fin a qué nos dedicamos cuando no estamos componiendo este Semanario. No podemos desvelar el misterio de ese artículo antes de que se publique en las actas del congreso, como ustedes comprenderán, pero hemos hecho en un servidor público una copia de seguridad del texto, que borraremos dentro de unos días cuando lo hayamos puesto a buen recaudo, sin intención de que, entre tanto, la consulten nuestros lectores ni nadie.

22 de abril de 2007

Contra el canon

NI EL DE Pachelbel ni el de la SGAE. Aunque también. Pero antes de meternos en harina tenemos que dedicar un par de párrafos anecdóticos a alguna de las cosas que han marcado una semana particularmente excitante. Oh, sí.

El lunes estuvimos en Mannheim, donde, en un edificio inteligente lleno de empleados jóvenes aunque sobradamente preparados, tiene su sede la editorial Bibliographisches Institut & F. A. Brockhaus. A principios de los noventa, y después de muchos tiras y aflojas, un grupo de sacrificados historiadores consiguió que se cediese una sala para agrupar el material histórico que con grandes trabajos habían conseguido reunir, los pecios casuales de los archivos editoriales que, como manda la tradición, se perdieron en la segunda guerra mundial. En esa sala, mal llamada archivo, estuvimos nosotros el lunes, para revolver los legajos que contiene un armario blindado en el que se amontonan sin orden ni concierto manuscritos relacionados —a veces lejanamente— con la editorial F. A. Brockhaus. Encontramos poco que interesase a nuestro trabajo, pero disfrutamos de todo un día hojeando cartas de Heine, Fichte, Buchholz, Feuerbach, Schopenhauer, August Schlegel, Bismarck, Napoleon III o del mismo Sacher-Masoch: son los documentos de la colección de manuscritos de personas famosas de Rudolf Brockhaus, milagrosamente sobrevivida a la destrucción, y con cuyas siete cajas de correspondencia inédita y completamente desconocida cualquier germanista podría vivir el resto de sus días. Tomen nota.

La siguiente estación anecdótica de la semana ha sido el concurso para cubrir la cátedra de Manfred Engelbert en nuestra universidad de acogida.

Ver cómo funciona una comisión de este tipo es una experiencia epifánica. Todos los asistentes terminamos reconociendo con asombro que nos damos por satisfechos con tener un catedrático racional, que sepa contestar a preguntas simples formuladas de manera transparente. Ha habido grandes alocuciones en la más pura y castiza LSD, y ejemplos palmarios de cómo hacer artículos según la receta que nos ofrecía Patricio Pron la semana pasada. Nosotros copiamos un párrafo que pensamos escribir desde ahora al final de todos nuestros artículos: «la obra X pone de relieve la reciprocidad de las estructuras sociales mediante un discurso polivalente que nos muestra facetas hasta ahora desconocidas de este importantísimo texto». También dejamos hecha la lista de los requisitos del candidato, por si a alguien pudiera serle de utilidad en el futuro: el candidato a catedrático tiene que dar a entender que sabe los idiomas que su cátedra representa, tiene que ser consciente de dónde viene y adónde va, tiene que hacer explícitos los contactos con los que eventualmente podría organizar intercambios estudiantiles, tiene que saber definir los conceptos que utiliza en su exposición, tiene que decir si tiene pareja y dos hijos pequeños, y no olvidar hacer en su ponencia un excurso narratológico de mediana duración. Por supuesto, mencionará las palabras "deconstrucción", "Foucault" e "imagiNación".

Es una pena que la presencia de los estudiantes apenas sea más que testimonial, pues tienen un poder decisivo (nada menos que un tercio de los votos) en la dirección que siga el departamento durante varias generaciones.

Una de las preguntas de repertorio que la comisión evaluadora planteaba sistemáticamente a los candidatos era qué opinaba de la posibilidad de retomar un canon de grandes lecturas sobre el que articular los estudios de la carrera. Esto nos ha dado que pensar.

La idea de canon, tanto en pro como en contra, propicia un estudio de la literatura puramente fenomenológico, centrado en los textos (y en su calidad, estética o incluso moral), con lo que tiende a olvidarse qué es lo único que se puede hacer para aclarar en algo cómo se crea el valor de las obras, que sería enterarse de quién les da los espaldarazos, quién las pone en los planes de estudios o decide las ediciones críticas. Aunque yo creo que hay un fuerte factor fortuito en todo ello: a propuesta de Kathleen, sin ir más lejos, se incluyeron obras como The Graduate en la prestigiosa enciclopedia literaria de Kindler, sin que ella tenga ningún puesto de decisión. Son cosas que surgen en el momento.

De todos modos hay que reconocer que no está mal pensado meter a los investigadores a hacer prácticas en editoriales y revistas literarias para ver cuáles son en la práctica los criterios de valor. Ese es el propósito del Promotionskolleg sobre canon y valor literario que se inauguró antes de ayer en Göttingen.

Un Promotionskolleg viene a ser el equivalente de un proyecto de investigación interdisciplinar por todo lo alto, con despachos y carga docente, que en este caso financia la fundación Volkswagen con 950.000 €. Es un despilfarro, claro, porque ni los becarios ni nadie tienen una idea clara de qué pinta tiene ese canon que rastrean, con lo que su investigación terminará pareciéndose demasiado a la caza del Snark. Tropecientos mil eurípides no bastan para comprar el sexo definitivo de los ángeles.

Desde una perspectiva más o menos positivista, puede decirse que existe una definición consensuada de lo que es el canon: obras que cuentan con un respaldo estatal, que son sometidas a exégesis universitarias, que aparecen en diccionarios de literatura y sobre las que se ha escrito determinada cantidad de estudios críticos importantes. Pamplinas. Efectivamente, todas las obras que Harold Bloom consideraría canónicas cumplen esos requisitos, pero no hay que olvidar que en las universidades se habla de lo que al profesor le peta, que los críticos escriben de lo que les viene en gana, y que no porque en las escuelas españolas se lea el Capitán Alatriste ni porque Pérez Reverte ya sea académico nadie va a tener huevos de decir que obra o autor son canónicos, porque se lo impedirán la petulancia, la vergüenza cultural o el orgullo herido, una de tres. Esta idea de canon sólo funciona en el siglo XX, porque antes no se estudiaba la literatura de creación en las escuelas ni en las universidades, ni había Ínsula, ni Hispanic Review, ni diccionarios de literatura. En ese sentido, la idea de canon es poco menos que ahistórica, y quizá haya que historizar el concepto de canon definiéndolo como «nombre que se le daba en el siglo XX a la literatura que consumía y respetaba la Bildungsbürgertum».

En la mesa redonda que abrió el ciclo de vida de este nuevo Promotionskolleg se manejaron como equivalentes al canon tres conceptos distintos: 1) el de ese canon intuitivo y aparentemente consensuado; 2) el de "obra clásica", que se le superpone en muchos aspectos, en el sentido de que —se dice— un clásico es una obra transcanónica (y efectivamente la sorprendente capacidad de adaptación de los llamados clásicos deriva del hecho de ser obras maleables y hasta cierto punto inofensivas; Sade no ha podido convertirse en clásico pese a ser uno de los pensadores más originales de todos los tiempos, pero Don Quijote sí porque murió en olor de santidad); y 3) el de distinción literaria, que tiene que ver con un habitus lector. Este último concepto es el más interesante, y es una pena que los estudios sobre el canon ocupen todos los recursos que podrían dedicarse por ejemplo a un estudio sociológico serio de consumo literario. Mandando un SMS a determinado número puedes recibir periódicamente poemas en tu móvil: ¿dónde están los becarios de Volkswagen que no se han puesto a ello?

Hay viejos trucos de la ciencia clásica que siguen dando buen resultado. Así, el mero ejercicio taxonómico ha ayudado mucho a apreciar las dimensiones de embrollo del canon literario. Alastair Fowler ha distinguido seis tipos de cánones (que van desde la literatura que está disponible en el mercado hasta lo que uno, usted mismo, lee antes de dormir); Wendell V. Harris las ha ampliado a 10, incluyendo categorías útiles como "canon pedagógico". Pero ninguno de estos cánones repara en que el control institucional sobre la literatura no se ejerce por medio de listas, sino por medio de censores (formales o informales), y que no toda incidencia es positiva (si el mejor profesor escribe en la mejor revista que una obra es mala, ésta no se vuelve más canónica, o quizá sí, pero sólo en España).

El catedrático de la Amerikanistik en Göttingen, Frank Kelleter, de quien en esta casa somos fans, contribuyó al debate con una nota al pie que era de lo más salvable que podía decirse: estudiar obras literarias, sobre todo las que nos resultan distantes en el tiempo y en el espacio, es una forma de ampliar nuestra experiencia y de extender los márgenes de nuetra realidad (entre otras cosas, añadiríamos nosotros, aportando a las prácticas de escritura y de lectura una dimensión histórica saludable y desautomatizadora). Por eso tiene sentido incluir en la selección de obras propuestas para lectura obras que no corresponden exactamente al modelo de sociedad que se tiene o que se quiere.

Se habrá entendido que el título de esta columna no se dirige contra el canon existente, en caso de que alguien lo tenga en una redoma, sino contra el debate sobre el canon en sí. Nosotros defendemos una historia de la literatura sin obras, o mejor dicho, en la que las obras son ejemplos o epifenómenos de la historia de las ideas o de la historia tout court, formas ideológicas cuya incidencia sobre la realidad es mediada, casual e incontrolable. La idea de canon, por el contrario, busca en la literatura modelos universales y ahistóricos de conducta o de estética. No nos parece que adoptar el vocabulario del enemigo sea la forma más sensata de hacerle frente.

15 de abril de 2007

Cómo escribir un ensayo académico

Esta semana cedemos de nuevo la palabra a nuestro provisorio amigo Patricio Pron, para que hable —y pinte— de un tema que nos preocupa. Huelga decir que disentimos con Pron en lo accesorio, pero coincidimos en lo fundamental, y lo fundamental nos parece suficientemente fundamental como para darle cuartelillo, a pesar de lo accesorio. El que se sienta aludido, por supuesto, dispone de derecho de réplica.

LA PRODUCCIÓN incesante, metódica y, al menos en su origen, completamente desproporcionada en relación a la demanda que es el signo de nuestros tiempos, difíciles o no, tiene su correlato natural e inevitable en la producción de artículos académicos. Quien haya leído –por el caso, también hojeado– cualquier publicación académica en los últimos tiempos habrá quedado impresionado por la gratuidad y la superficialidad de gran parte de los artículos publicados. Más aún: quien esté metido en la Disneylandia académica –entre el Captain Hook y Peter Pan, que encarnan los dos modos preferidos de actuación en este campo– y haya deseado alguna vez publicar un artículo en alguna de esas revistas habrá notado que esto es más difícil que leer a Pablo Neruda –de quien se ha dicho que "Quiso ser poeta y sólo llegó a poeta chileno"– y no pensar en Walt Whitman, a quien se lo robó todo, más complicado que estar serio mientras se lee el grandísimo poema "La última felicitación" del enorme Francisco Vighi, más doloroso en la entrepierna que leer una antología de poetas chicanas lesbianas. Quien quiera publicar un artículo en una revista académica tiene que enviarlo y esperar hasta un año para que le comuniquen la negativa –que es lo más frecuente– o la publicación, en uno o dos años. Contra la crítica de izquierdas de Argentina, que divide el "campo" cultural en las dicotomías aparentemente irreconciliables de mercado y academia, ésta demuestra en la etiqueta de aceptación o rechazo de sus publicaciones que en ella operan las mismas reglas que en el mercado: aquí también un tema es relevante en razón a su demanda, la marca –el nombre y prestigio del autor del artículo– es más importante que el producto y lo que determina en última instancia la aceptación o no no es otra cosa que lo que los alemanes llaman la vitamina "B", por "Beziehungen" (relaciones). Un excurso breve, homófobo, racista y reaccionario sobre la demanda: la mejor forma de conseguir ser publicado en alguna revista académica de los Estados Unidos es, en la actualidad, escribir acerca de la literatura chicana, la "homosexual" –cualquier cosa que esto sea– o sobre literatura y cine, debido a la demanda específica de sus alumnos –que son, entre otras cosas, chicanos u homosexuales y van mucho al cine– por leer sobre estos temas; es absurdo, pero así de absurdas son las masas, como dirían aquellos dos grandes filósofos, José Ortega y Gasset. Fin del excurso.

En descargo de las publicaciones académicas y sus larguísimos procesos de selección –cuya eficacia radica en el triunfo, y publicación, de los ensayos más pedestres y acomodaticios– se debe reconocer que, simplemente, les envían demasiados manuscritos. Quizás el drama más terrible de nuestros tiempos y el de peores consecuencias es que todo el mundo cree tener algo para decir –nosotros, en el Semanario también, qué duda cabe, pero por lo menos no llevamos un diario de nuestro bebé o alguna imbecilidad semejante– y lo dice. Y es que –contra lo que se piensa habitualmente– es muy fácil escribir artículos académicos; de hecho, para melancólicos y tímidos, que son quienes se interesan por esta gilipollez de la literatura, es más fácil que abrir una cuenta en el banco o ir a tomar una copa con una compañera de oficina. Escribir un ensayo académico es increíblemente fácil si se sabe sacar partido de la información que se posee; aquí le mostramos cómo.


Supongamos que tenemos que hablar sobre la escritora Gabriela Mistral. De ella podemos decir que fue una escritora, criada en el seno de la familia Mistral y cuyo padre la bautizó Gabriela; todo esto es obvio y por lo tanto tiene que aparecer en nuestro ensayo. A partir de este punto podemos improvisar: hablar de las dificultades que tuvo que atravesar para triunfar como escritora –qué escritor no tiene que pasar por ellas– y hablar de que, pese a ellos, se convirtió en una escritora importante, lo cual se cae de maduro porque si no no estaríamos hablando de ella. Es importante mencionar el nombre completo del escritor que nos ocupe cada vez que hagamos referencia a él porque eso da la impresión de que sabemos sobre el tema y además abulta. Un nombre como Gabriela Mistral no roba mucho espacio, por lo que habría que concentrarse en los escritores de nombres más largos: Jorge Luis Borges ya es un avance en relación a Gabriela Mistral, pero los que se llevan las palmas son Nicolás Fernández de Moratín, Juan de Agramont y Toledo y Juan Alcaide de la Vega, cuyos nombres son más largos que la paciencia del pobre. Llamar al escritor por su nombre de pila o apodo, por contra, puede no caer bien excepto que uno sea un viejo profesor y se haya ocupado de él toda la vida; si se hace alusión a un encuentro personal, por contra, el apodo es bienvenido: "Cuando Federico [García Lorca] nos visitó en nuestra casa en Écija" o "Siempre lo he dicho: Georgie [Jorge Luis Borges] es nuestro escritor más internacional" son frases que entretienen y sientan bien. Naturalmente, la anécdota con el escritor, por más inmotivada y superficial que sea, es motivo más que suficiente para escribir un artículo. Me abstengo de citar ejemplos porque el lector ya tendrá los suyos.

Hemos visto que se pueden decir muchas cosas de un escritor sólo conociendo su nombre y su género. Si además se conocen sus fechas de nacimiento y muerte se puede escribir todo un volumen. Gabriela Mistral nació en 1889 y murió en 1957. Sabiendo esto podemos hablar de los duros tiempos que le tocó vivir –dos guerras mundiales, la crisis de los treintas– y suponerle firmes convicciones antifascistas; claro que uno puede equivocarse en este punto y que el escritor abordado fuera un auténtico Celine, pero partimos de la hipótesis de que si lo fue es improbable que lo hayan descubierto –como a la mayor parte de los escritores realmente fascistas– y, utilizando el derecho que nos otorga la convicción bien fundada de que quienes escriben artículos académicos sólo escriben sobre escritores afines genérica o ideológicamente, ponemos nuestra mejor cara de progresistas y socialdemócratas y seguimos con nuestro artículo. En base a las fechas, que ahora conocemos, podemos afirmar que fue una escritora modernista –¿quién en ese período no lo fue?– y conjeturar las influencias de Rubén Darío y Amado Nervo. Si sabemos algo sobre alguno de estos poetas podemos derivar hacia ellos, o continuar con Mistral y destacar la artificiosidad, el esnobismo y el carácter refinado de su obra, todas cosas que derivamos de su pertenencia al modernismo y no de que sepamos algo de ella. Si sabemos que fue chilena, podemos tirarnos un par de párrafos más hablando de su importancia para las letras de ese país, usando expresiones como "tradición", "institución" y "canon" cuyo uso excesivo ha librado de todo sentido, lo que nos permite utilizarlos a placer y sin temor a ser malentendidos.

Naturalmente, las publicaciones académicas tienen limitaciones de espacio, y es probable incluso que tengamos que cortar algo de nuestro artículo, que con tanta facilidad escribimos sin tener ni puñetera idea de la autora abordada.

Se trata pues de un buen método, cuya utilidad será especialmente importante en los años juveniles del académico, ya que luego podrá dedicarse a publicar viejos artículos con otro título y una u otra corrección, que es lo que hacen todos los profesores veteranos y lo que ya está haciendo nuestro amigo Álvaro Ceballos Viro, un hombre que siempre salta sobre su sombra como se dice en Alemania.

Este método no es infalible pero casi. Una objeción que se me ocurre es que no siempre puede inferirse la identidad entre el apellido del autor y el de su familia. Una descripción de los primeros esfuerzos literarios del pequeño Rubén en la mansión Darío sería por fuerza errónea; también la de la pequeña propiedad de la familia Stendhal en la campiña francesa. Sin embargo, la mayor parte de los lectores –incluidos los lectores de las publicaciones académicas– sólo conoce de los escritores el nombre y, con un poco de suerte, el siglo en que vivieron, y nosotros estamos allí para llenar los huecos. La edición digital del Gran Diccionario Enciclopédico Planeta DeAgostini que tengo delante mío no dice mucho más sobre Gabriela Mistral, a la que le dedica once líneas llenas de generalidades que podrían haber sido escritas incluso sin saber nada sobre la escritora, que es el procedimiento que recomendamos aquí. Esto por no hablar de Wikipedia y de inventos similares, en los que la superficialidad y el error desaforado campean. La supuesta multiplicación del conocimiento a través de la red –que lleva al conocimiento la producción incesante que es signo del mercado– contribuye a su desaparición, de la que nosotros nos beneficiamos en el reino de Nuncajamás de la academia, en el que surcamos los mares como el Captain Hook o remontamos los cielos como émulos cutres de Peter Pan y dejamos estelas en las que se confunden la verdad y la invención, del deseo de decir algo y la ausencia de alguien que lo escuche. Esta es la nueva Edad Oscura; bienvenido a ella, joven académico.

5 de abril de 2007

LSD

EL CONGRESO DESDE el que correspondimos la semana pasada se celebraba en la Universidad Técnica de Dresde, la misma en la que impartiera clase de francés el romanista Victor Klemperer. Judío y discípulo de Karl Vossler, Klemperer pasaría a la historia por los diarios que redactó a escondidas durante el nazismo. En ellos realizó un trabajo pionero e insuperado sobre cómo el régimen totalitario alteró el lenguaje cotidiano para intentar justificarse y extender su irracional cosmología. Klemperer lo llamó LTI, Lingua Tertii Imperii, la lengua del Tercer Reich. Esa neolengua nazi acuñó términos aún recordados como Sonderbehandlung (tratamiento especial, léase ejecución) o Untermenschentum (sub-humanidad), pero también se valió de argumentos más sutiles y más estilísticos, como la resemantización. El trabajo es fascinante y en cierto modo confirma la hipótesis de Sapir y Whorf, según la cual el lenguaje determina la forma de entender y actuar en el mundo (aunque igual de importante que el lenguaje son las ganas que uno tenga de dejarse convencer); para ejemplos análogos y próximos puede leerse este reciente artículo de Emir Sader.

Nuestra estancia en la Florencia del Elba nos invita a emular a Klemperer, lo que esperamos conseguir describiendo la lengua de nuestros congéneres, la lengua de quienes estudian la literatura: LSD, Lingua Studiorum Discursi.

Los estudiantes y los estudiosos de literatura disponen de un léxico específico en el que no vamos a entrar: metonimias, romancillos, sinalefas, proscenios, cronotopos, paranarratarios: la lista es interminable y representa el extremo más positivista y taxonómico de la LSD, que es el que menos nos disgusta.

Bastante peor es cuando se intenta introducir en la disciplina léxico de las ciencias naturales, o de pseudociencias como el psicoanálisis. No vamos a hacer leña del árbol caído, y cerramos el párrafo remitiéndonos a Sokal, de un modo u otro.

Otra cosa son muletillas como paradigma o recepción, además de fórmulas de moda como "comunidad imaginaria" o "campo literario". En principio se trata de expresiones útiles y sensatas, que no obstante terminan haciéndose sospechosas por su misma ubicuidad y por su imprecisión.

Sin embargo, nos interesa más el modo en que el lenguaje técnico literario manipula el lenguaje común. A veces incluso para reinterpretarlo en términos supuestamente objetivos: hemos leído hace poco un libro de un señor inteligente que encontraba en algunos autores reminiscencias de Schlegel. Enorme exponente de LSD.

El estudioso de la literatura, por ejemplo, se pregunta, se propone, intenta, revisa, sugiere o trata de explicar. Pero rara vez explica, apenas demuestra, como mucho confirma. Eso en lo que toca a los verbos. Producto de esta misma cautela es su afición por expresiones como quizá, acaso o probablemente. Claro que cautela es lo que se echa en falta en otros momentos, como cuando hace poco un catedrático dijo que la poesía es un género no lineal porque es profundamente lírica. Éste es el drama de la LSD, que o se pasa o no llega.

Una manifestación fascinante de la LSD, y que está haciendo furor en los congresos de jóvenes filólogos es la de los retruécanos parentéticos. Es decir, lo de escribir en trabajos académicos cosas como "auto-imagin(acion)es". Este caso concreto es particularmente perturbador, porque extrapolando el paréntesis queda el neologismo incomprensible "auto-imagines". Algo análogo pero a la inversa ocurre con el vocablo "interre(d)lación" que hemos visto hace poco y no nos ha gustado nada, aunque sólo sea por lo tosco. Más bonito nos parece hablar de la «(re)visión de la categoría "periferia"», como leímos en unas actas esta misma semana, o esa gente que escribe sobre «lo post(-)colonial», tirando ante la duda por la calle de en medio. Claro, los de ciencias que nos estén leyendo no se lo creerán. ¿O es que ustedes se imaginan a un químico escribiendo sobre la (in)est(h)abilidad del iso(-)topo?

Otro recurso parecido, y más como de mercadotecnia o de mensaje de móvil es lo de las mayúsculas. En un congreso de hace dos años se habló mucho, por ejemplo, de "imagiNación"; algunos quisieron convertirlo en verbo, y terminaron imaginacinándose o imagionalizados. Un desastre.

Lo que sí, todo esto tiene mucho efecto cómico cuando el ponente lee en voz alta su conferencia y de pronto se da cuenta de que no sabe cómo pronunciar la palabra que él mismo ha escrito, y empieza a gesticular...


Hay recursos muy productivos dentro de la LSD. Como habrán visto, una de las secciones del último Hispanistentag se titulaba "Metáforas de la traducción — La traducción como metáfora". Bueno, pues no se lo van a creer: ¡esto funciona con cualquier otra cosa! (y hasta da mejor resultado). Hagan la prueba, abran el diccionario y escojan dos sustantivos al azar, por ejemplo endoscopia y hermenéutica: "Endoscopia de la hermenéutica — La hermenéutica como endoscopia". O "Engranaje del armadillo — El armadillo como engranaje". No falla.

Vayamos por último a uno de los grandes clásicos de la LSD, que anualmente da nombre a multitud de artículos y de tesinas de licenciatura, un sintagma que viene sacando las castañas del fuego a generaciones enteras de filólogos, y cuyo uso se extiende ya a todas las disciplinas de humanidades. Hablamos, claro está, de «entre tradición y modernidad».

En la Biblioteca Nacional de Madrid hay 74 entradas con este sintagma en el título, 183 en Dialnet, 104 en la Bibliothèque Nationale de Francia y nada menos que 489 en el catálogo interbibliotecario alemán. En Google la frase exacta sale más de veinte mil veces. Las materias a las que se aplica son de lo más variadas, y merece la pena hacer un inventario medianamente representativo: arquitectura aragonesa, los Andes, la Compañía de Jesús, Corea, la cocina vasca, los autores senegaleses, el lenguaje militar, las cajas de ahorro, el pintor Fortuny, la lucha libre mexicana, la mujer española, la mujer subsahariana, el obispo Azamor, los pañeros de Berrocal, las poéticas de la metamorfosis, la experiencia mística, la memoria colectiva, el vudú, la cultura del aceite en Andalucía, la pintura moderna en Elche, los alumnos de la Bauhaus, la feria castellana, las relaciones de género en la sociedad rural gallega, la configuración social de Europa, Darío de Regoyos, la poesía de Carlos Germán Belli. «Entre tradición y modernidad» tiene casi siempre, como se ve, una cosa rural, como de pueblo; nuestra aplicación favorita lleva un título casi juanramoniano: Azúcar, tradición, modernidad, recientemente editado por el Instituto de Estudios del Azúcar y la Remolacha.

Revisando los resultados de estas búsquedas catalográficas podemos asumir que, por regla, la modernidad es institucional e industrial, mientras que la tradición es social, lo que generalmente tiene que ver con cambios de los siglos XVIII-XIX. Quizá por ello es frecuente encontrarla en los estudios coloniales. (He ahí otro ejemplo de LSD: llamar estudios post-coloniales a los estudios coloniales). Pero por lo demás, el mismo servicio haría subtitular la tesis «entre Pinto y Valdemoro», porque lo importante viene a ser nadar y guardar la ropa, y justificar la ausencia de conclusión. «Todo es muy complejo», vaya, por citar a Eduardo Becerra. Y esta constatación de la complejidad es lo que usurpa el lugar que debía ocupar EL CONOCIMIENTO.

Es difícil y en cierto modo suicida sustraerse por entero a este lenguaje, interiorizado con arraigo de habitus por los integrantes de la comunidad académica. Más que por su significado real, estas muletillas y retruécanos son síntoma de buen tono intelectual y marcas de pertenencia a un colectivo. Otros colectivos escriben «KONCHI T KIERO + Q A LAS PTAS :D». La LSD también es una broma privada en los que los acadéMicos de humani(mie)dades nos re(-)conocemos.

1 de abril de 2007

El día de la marmota

EL 16° HISPANISTENTAG comienza en Dresde con los discursos oficiales de rigor, en los que, por ejemplo, se agradece la ayuda del misterio de Asuntos Exteriores español, o se cede la palabra al primer sectario de la Embajada.

El congreso se compone de 18 secciones. De ellas, seis son de lingüística y traducción; tres tratan de cultura actual en América hispana, incluyendo EE. UU. (en ellas se hablará mayormente de lo que echaron ayer noche en la CNN); tres se dedican a la literatura hispanoamericana (colonia, independencia y siglo XX); otras dos van de cine y espectáculos, con lo que quedan cuatro de literatura española: una sobre viajes, dos sobre el siglo o los siglos de oro, y otra (la mía) que se centra en el XVIII. De historia de la literatura, por tanto, no se habla mucho, y nada del XIX. Pero tampoco es cosa de quejarse, teniendo en cuenta la importancia que los estudios culturales tienen en las filologías de Alemania.

Mi sección se titula "La nacionalización de la literatura en el umbral de la modernidad", y he tenido la chamba de que reuniera ponentes muy sensatos. Es divertido, para variar, ser considerado un modernusco por dedicarse uno al XIX. En Duisburg, por ejemplo, o en Basilea —de donde ha venido una nutrida representación—, hay grupos de estudio del XVIII con solera. En el siglo ilustrado de un país sin ilustración encuentran un campo de estudio menospreciado por los universitarios españoles, para quienes el XVIII no sólo no existe, sino que el XIX casi siempre empieza con Galdós.

Conferencia plenaria del poeta ex novísimo Jaime Siles, que explica que su generación es la de los que nacieron entre el 39 y el 52 (él es del 51). Hablando de la literatura durante el franquismo se refiere a la censura del régimen «y a la de la izquierda, aún mayor». Nada hace presagiar el simpático personaje que Siles sería para todos nosotros en los días siguientes.

El viernes por la noche Siles lee algunos poemas en el llamado Blockhaus, que no es la casa de troncos que uno esperaría, sino un palacete en la rivera norte del río, con enormes cortinajes y arañas de innumerables caireles. Le presenta un especialista que no hace más que decir sandeces. Siles lee un soneto y el otro se pone, por ejemplo: «Eso es como una columna, una columna verbal», o «tu primera poesía es arquitectural, mientras que la siguiente es más fluvial». «Satamente», responde forgiano el poeta, en lo que demuestra mucho savoir faire. Casualidades de la vida: Siles hace la mismita reflexión con la que terminábamos nosotros la semana pasada: la música española es tan mala porque no hubo reforma. Concluye el acto con unos versos que ha escrito ese mismo día sobre un magnolio en flor. Es decir, al magnolio, no encima del magnolio. No nos confundamos.


«Yo ya sólo voy a los congresos si no conozco la ciudad», me confía un profesor de Barcelona. Uno, en cambio, no saldría de su casa si no tuviera que ir a congresos, pero como nuestra sección termina antes que la otras, dedicamos el sábado entero a la ciudad.

Había estado en Dresde una vez, hace dos años, en una excursión de fin de semana tan apresurada que dejé de ver la Gemäldegalerie Alte Meister. Cuadros de Canaletto, paisajes urbanos en gran formato, instantáneas del día a día, tan veristas que a menudo se ven andamios en los edificios; en los cuadros de Canaletto se retratan todas las clases de la sociedad, lo que recuerda —y problematiza— aquella afirmación epatante de Franco Moretti de que la novela la inventaron los pintores flamencos. Pantagruélicos bodegones de Synders, que pueden reunir en un solo lienzo venados, jabalíes, cisnes, faisanes, perdices, aves de corral, ahumados, salmón, roscas de pajaritos y una vasta selección de productos de la huerta. Amplias representaciones de los dos Cranach: anoto para el recuerdo una Eva libidinosa, del viejo, y el Hércules aniquilando pigmeos a sopapos, del joven.

El sábado por la tarde hay visita guiada de la ciudad. Quien más aprende, sin duda, es la guía, una estudiante de turismo bávara con un español de erasmus. Ella decía, por ejemplo: «Esta es la iglesia tal y cual, y tiene 78 estatuas», y el público de catedráticos le lanzaba la siguiente salva:

—La inscripción latina del frontispicio rehace una famosa sentencia de Horacio...
—La arquitectura revela la importancia de las relaciones comerciales por el Elba a mediados del XVIII...
—Sobre esto puede leerse en el libro de Sebald...

El congreso se clausura esa misma noche con un banquete en el Italienisches Dörfchen, el pueblecito italiano, un pequeño edificio neoclásico en el mismo borde del río que se hizo para albergar a los italianos que construyeron la iglesia frontera entre 1739 y 1754. Al llegar a los postres alguien golpea una copa y se oye, de lejos, la voz de Jochen Mecke, que ha resultado elegido la víspera nuevo presidente de la asociación de hispanistas alemanes (DHV). A mi izquierda se sienta un mexicano recién doctorado en bioinformática, y que me pregunta si es que van a entregar los premios. ¿Qué premios? Y es que resulta que en los congresos de ciencias hay costumbre de dar un premio a la mejor ponencia, que elige un jurado imparcial en base a criterios fijos y públicos como la relevancia, la originalidad o el trabajo de investigación. En las humanidades sólo conozco un caso análogo, y es la recompensa que desde hace un par de años otorga el Instituto de Economía y Ciencia del Libro de Leipzig a la mejor tesina en alemán sobre el tema.

El tema de los premios rebrotaría más tarde esa misma noche, en el petit comité del grupo de Göttingen. Hay argumentos razonables para no implantar premio ninguno: el mundo académico tiene una proclividad a la envidia que no conviene alimentar. Pero a mí personalmente, conociendo algo el paño, me parece oportuno introducir en la filología la idea de que hay contribuciones mejores que otras. Mejores no ontológicamente, sino en tanto exhaustivas, laboriosas, relevantes, sugerentes, convincentes, comprensibles, originales, aplicables. Hay que combatir la idea o, más bien, la práctica, de que los trabajos académicos de humanidades consistan más que nada en la traducción de obviedades a un lenguaje supuestamente técnico (Fachsprache). De esto hablaremos la semana que viene. Y volviendo a lo del premio: aun cuando los criterios fueran injustos y el fallo estuviera viciado desde el principio, un premio más o menos refrendado por las autoridades temporales académicas puede servir de brújula, e indicar la dirección en la que se mueve la disciplina en su conjunto, lo que permite disentir o criticarlo, porque antes de saber adónde se quiere ir hay que saber dónde se está. Por todo ello, este semanario acoge con júbilo el proyecto de la nueva junta directiva del DHV de ofrecer un premio a la mejor tesis.