Juradito Jones
LA MALDICIÓN familiar ha terminado por atraparme: ya soy un cuatro ojos. Como sabe todo el mundo que lleva gafas, los primeros días todo es dolorosamente nítido, e incluso la perspectiva aérea del miope deja paso a una nueva versión de tridimensionalidad, como más de realidad virtual, y esa sensación borgiana de que los árboles le impiden a uno ver el bosque. Hasta ayer, sin ir más lejos, creía que los "mares" de la luna sólo eran visibles a través del telescopio.
Hace mucho que queremos hablar de Juradito Jones, y hemos de apresurarnos a hacerlo antes de que el sujeto pase completamente de moda. Es una historia de escasa trascendencia, pero que esperamos hará las delicias de nuestros lectores, tan dados a espiar al escritor en su toilette.
Hace cerca de un año, hablando por teléfono con mi madre, me dijo que El Mundo le dedicaba una página entera: «un chico que ha escrito una novela sobre curas pederastas, y creemos que es Juradito». El libro, obviamente, chupa rueda de El Código Da Vinci, y por eso se vendió como churros las navidades pasadas en los corteingleses. Lo han traducido ya hasta a los húngaros, y corren rumores de peli.
Juradito Jones es como todos conocíamos en 1988 a Juan (Antonio) Gómez-Jurado (Álvarez). Con él me tragué toda la educación primaria y secundaria en el antepenúltimo de los colegios del nacionalcatolicismo. En la distancia, creo que es un magnífico nombre de guerra. Juradito se sabía de memoria los diálogos de las películas de Indiana Jones, que entonces todavía eran dos. Yo siempre le tuve una mezcla de admiración y tirria, porque era un liante, y porque daba un poco de grima en el trato físico, pero también porque tenía algo que los demás desconocíamos por completo: un mundo paralelo, una vida aparte de la que hacíamos en el colegio.
«Este es mi sancta sanctorum», me explicó con su inolvidable tono resabido la primera vez que fui a su casa, con catorce años: vivía cerca de la glorieta de Atocha, en un primer piso que de algún modo daba a la planta baja de un patio interior, y allí le habían construido una caseta que él tenía desbordada de tebeos y de muñecos articulados. Yo debía de pensar por aquel entonces que los tebeos eran una cosa subcultural y perniciosa, pero no dejaba de impresionarme que alguien pudiera mantener la actitud activa que requiere ir al kiosco y comprar determinado número de determinada colección, que uno sabe que es el que le va a gustar, o el que le falta. Dos años más tarde me hizo apostar sobre quién publicaría antes un libro. Yo trataba de fingir indiferencia, igual que hice hablando con mi madre por teléfono, pero es innegable que entre los dos había planteada una competición tácita y abstracta. Ahora le debo algo que no recuerdo lo que es.
Un vistazo al primer capítulo de la novela hace que se me pase la pelusa, al tiempo que me entran los habituales complejos culturalistas. ¿Soy yo, o tenían más gracia las cosas que escribía con 15 años? Da la impresión de que su idea de realismo es decir los nombres de las calles. Picado por la curiosidad he cotilleado un poco en internet, encontrando que tiene un blog con la calidad de un chat. O mejor dicho, lo tenía, antes de sustituirlo por publicidad de la edición inglesa de su opera prima. Aparte, tiene una página web en la que se presenta diciendo que le gustan los huevos con chorizo, que su color favorito es el azul y que es apolítico (ya se sabe: el tipo de periodista apolítico que colabora en la COPE y en el ABC...) Pero lo que me revienta no es que haya dado una pasajera campanada con un folletín , sino que su intriga fantástica oculte terrores más reales y frecuentes. Quiero decir, que él estudió conmigo en el colmo de los colmos, el colegio Los Olmos, y sabe que hay abusos más refinados —aunque no menos religiosos— que enseñarte la pilila o despanzurrar cardenales con un cuchillo de pescado: más extendidos que los abusos físicos a menores son los abusos psicológicos, que sabios como Richard Dawkins tratan en vano de poner bajo los focos. Por otra parte, el tema de los sacerdotes pederastas no procesados y de sus miles de víctimas no debería convertirse en mero motor argumental para una novela negra.
Más tarde mi padre compró el libro de marras que, si hemos de hacerle caso, le gustó más que el de Dan Brown. Después de eso, abandonó la novela en una mesa del salón, donde la encontré yo las navidades pasadas. Lo abrí como el que abre la Biblia al azar esperando encontrar un consejo de aplicación inmediata a la propia vida. Casualmente doy justo con la página en la que se resuelve la trama. Un personaje —seguramente el investigador— recibe una carta de otro —que seguramente está metido en un lío— y la lee en voz alta. El contenido es completamente irrelevante, lo que desconcierta al detective. Hasta que tiene una iluminación: pone la carta al trasluz y descubre que algunas letras han sido punzadas imperceptiblemente con un alfiler. Juntando esas letras sale un mensaje mucho más pertinente para la fábula.
Es un truco impresionante, no hay duda. Tan impresionante que no he podido olvidarlo desde que lo vi, de crío, en la serie de Sherlock Holmes de Miyazaki, donde una niña secuestrada lo empleaba para poner al sabueso sobre la pista de su raptor, un caricaturizado Moriarty. Juradito Jones, fan como yo de la serie, vio sin duda aquel episodio, y quizá incluso habláramos sobre ello en alguno de nuestras incontables tentativas de resolver imaginarios casos criminales (o paranormales, porque en los ochenta no le hacíamos ascos a nada). Yo recuerdo haber probado a mandar mensajes secretos de esa manera, descubriendo consternado que un alfiler convencional hace agujeros bastante más conspicuos de lo que la serie de dibujos animados daba a entender.
Unos días más tarde le conté a mi amigo Eduardo la historia de Juradito Jones y de su plagio inconfeso. Intenté quitar hierro al asunto echándolo a cosas de la cultura popular, que nunca ha tenido en demasiada consideración el genio individual. Como muestra del talento precoz de Juradito, le hablé de aquella historia titulada "El evangelio del coyote", que escribió para nuestra revista de 8° de E.G.B. y que me impresionó lo suficiente para recordarla en todo detalle quince años después. Trataba de un coyote que vagaba por un desierto condenado a ser atropellado infinitas veces por los pecados de la humanidad. En ella leí por primera vez expresiones como «el sudor perlaba su frente». Casualmente Eduardo también recordaba en detalle el comic de Grant Morrison que mi viejo amigo había saqueado sin ningún rebozo —el n°2 de Animal man—. Todo termina sabiéndose, Juradito.
La semana que viene nos desplazaremos a un aquelarre filológico en Barcelona, desde donde mandaremos nuestra crónica. Expondremos allí los highlights de nuestra tesis, en un pequeño texto muy didáctico por el que muchos de nuestros lectores podrán saber al fin a qué nos dedicamos cuando no estamos componiendo este Semanario. No podemos desvelar el misterio de ese artículo antes de que se publique en las actas del congreso, como ustedes comprenderán, pero hemos hecho en un servidor público una copia de seguridad del texto, que borraremos dentro de unos días cuando lo hayamos puesto a buen recaudo, sin intención de que, entre tanto, la consulten nuestros lectores ni nadie.



