19 de octubre de 2008

¿El fin del SDLR?

DESPROVISTOS SÚBITAMENTE de escáner y de wifi, hemos tenido en las últimas semanas unas posibilidades de edición muy restringidas, y un acceso al hiperespacio poco menos que casual. La situación no se ha normalizado ni es probable que lo haga en las próximas semanas. Ahora bien, una vez que hayamos superado esas trabas técnicas, ¿volveremos a nuestras divagaciones hebdomadarias? Seguramente no.

No se hagan cruces, que se lo explicamos. Lo que ha ocurrido es tan sencillo como lo siguiente: hemos encontrado una ocupación a tiempo completo que nos entusiasma y que de momento y hasta nueva orden exige de nosotros —sí, de toda nuestra redacción, cajistas incluidos— un esfuerzo sostenido. Este Semanario nació en parte como sustituto de una labor de síntesis y de ojeo literario que ahora tenemos ocasión de realizar en otro contexto. A ello se junta una aparatosa mudanza, con su infinidad de preocupaciones de orden práctico, que no marca sino el comienzo de una nueva etapa peripatética, en la que el fin de semana nos pillará a menudo en un tren de largo recorrido, o a los mandos de una tabla de planchar, y dejarán de ser ese oasis de paraliteraturas y ukelele que eran hasta ahora. Pero ya saben que sarna con gusto no pica.

Queremos, en fin, aprovechar esta nueva oportunidad profesional para intentar publicitar nuestros trabajos en otros medios y de otras maneras, quizá menos diletantes, aunque somos muy conscientes de las virtudes del diletantismo, que ya les explicaremos otro día. O quizá no, después de todo. En cualquier caso ha llegado el momento de embarcarnos en otros proyectos, lo que hacemos con la esperanza de que sean menos personales y menos francotiradores.

Se nos quedan en el tintero muchos asuntos que merecerían salir a la palestra. Entre otros, por orden alfabético: catón filológico, Don Nadie, escritores en su tinta, García Maroto, grupos de investigación completamente absurdos, literatura y ecología, Pérez Creus, poeta robot, Poetry (lo mejor de), política académica alemana, teoría literaria (hartazgo de la) y Viérgol (el Sastre del Campillo). Como ustedes, fieles lectores y lectoras, ya nos tienen calados y nos conocen meejor que nuestra señora madre, que también nos estará viendo, se pueden imaginar, por la muestra, de lo que habríamos escrito sobre tan enjundiososo asuntos.

La emoción nos embarga al escribir estas líneas, acaso las últimas de esta criatura nuestra que, en sus maneras e intenciones, antes que en su efectiva realización, indudablemente imperfecta y a veces hasta aturullada, dice de nosotros mismos más de lo que conscientemente querríamos reconocer. Porque, como tiene escrito Jorge Riechmann, «[e]l capital pretende hacernos creer / que somos lo que vendemos. / Pero somos lo que regalamos».

(Qué versos más esencialistas, bien mirado. No necesita demostrarse que lo que vendemos, al igual que lo que compramos, también cae dentro de esas coordenadas espaciotemporales en las que se ancla nuestra identidad. Otro tema es si uno prefiere percibirse como el que vende, el que compra o el que regala. Que esto les sirva de lección. No bajen la guardia. Parece que a partir de ahora tendrán que apañárselas solos.)

La Redacción