11 de mayo de 2008

Encuentros en la tercera fase

NOS QUEJAMOS de que a los congresos la gente va sólo a hablar, y no a escuchar, ¿pero es que acaso están diseñados para otra cosa? Esto es lo que nos preguntamos al regreso del I Congreso Internacional de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción. ¿No es una forma de disuadir al público programar conferencias de diez de la mañana a ocho de la tarde, en secciones paralelas? Hay que escoger, pero la imposibilidad de consultar previamente —ni siquiera en internet— los resúmenes de las comunicaciones dificulta la elección. ¿Por qué no se advirtió en la convocatoria del congreso de que habría una distinción entre ponentes y comunicantes? ¿Por qué en el programa de mano a los primeros se les antepone el tratamiento de "don" o "doña", y a los segundos no, con independencia de su cualificación? ¿Por qué los organizadores han asistido a todas las ponencias y a casi ninguna de las comunicaciones? ¿Por qué nos resulta más fácil socializar con los participantes en congresos extranjeros, antes que en los de nuestro país natal? ¿Por qué estaban allí ni Saiz Cidoncha, ni Santiáñez-Tió, ni Augusto Uribe? Podríamos dar respuesta a alguna de estas cuestiones, pero preferimos dejar aquí la cencerrada, temerosos de que nuestra explicación pudiera considerarse ofensiva. Quedémonos, pues, con lo más positivo de esta semana fantástica.

Compromisos ineludibles nos retuvieron en Hannover, por lo que nos incorporamos tarde al congreso. Quizá nuestro amigo Pron —inventor de la posición "decúbito prono", a la que da nombre— quiera resumir en comentario a esta entrada lo que ocurrió el primer día, que fue también el más nutrido de conferenciantes y anécdotas. El miércoles comenzó con una tremebunda conferencia de la profesora Pilar Pedraza sobre la hipertricosis congénita universalis, el mito de los salvajes europeos y las mujeres peludas. Quizá por ser un tema alejado de la literatura, resultó una de las conferencias estrella, en la línea de la antropología cultural de Carlo Ginzburg. Así pudimos enterarnos de que hubo santas que se representaron cubiertas de pelo (la misma María Magdalena, de quien tanto se habla ahora), de que los hipertricosos vivieron a cuerpo de rey en las cortes barrocas europeas, y de que las mujeres barbudas han llegado en la actualidad a dirigir el circo. Seguidamente, Elia Barceló expuso una taxonomía estructuralista de las formas de narración y de las maneras de suministrar la información en una novela. Después de comer, ese mismo día, se habló de las utopías de cambio de sexo que hicieron furor en las dos Alemanias, y de las autoras de ciencia ficción (cuyo número es seguramente proporcional al de lectoras de ciencia ficción). En la mesa dedicada a la ética en la ciencia ficción, un doctorando de la Complutense demostró que los diez mandamientos de Moisés se pueden reducir perfectamente a las tres reglas de la robótica de Asimov.

La ponencia más prometedora del jueves ("La ficción proyectiva: propuesta para una delimitación del género de la ciencia ficción") fue sugerente, aunque no estuvo del todo bien hilada. Su autor llamó la atención sobre lo problemático que resulta intentar definir un género por sus temas, y adujo que el motor de la ciencia ficción no es necesariamente la ciencia. Finalmente suscribió en general la afirmación de J. I. Ferreras de que lo característico de la ciencia ficción es la negación de la sociedad contemporánea a ella, sin voluntad ninguna de salvarla, y la suscripción por parte del lector de un pacto de ficción suplementario, aparte de la suspensión de la incredulidad que requiere cualquier obra literaria. Esto último no lo acabamos de ver. A continuación, Ignacio Gª May afirmó con contundencia que la ciencia ficción se ha acabado porque han cambiado los paradigmas sociales y la tecnología ya no impresiona a nadie, y en calidad de especialista en técnica dramática hizo un llamamiento al estudio de los parques temáticos como una continuación exitosa del escaso teatro de ciencia ficción, con interesantes propuestas escénicas.

El teatro de ciencia ficción fue también el sujeto de la ponencia del profesor Checa Puerta, que relacionó con el género algunas obras de marionetas —citó a Ivan Goll, Benavente, Grau y Lorca— y las piezas futuristas. Explicó que los dibujos que adornaban las ediciones de algunas obras teatrales de improbable representación, como Sentimental Club, de Pérez de Ayala, actuaban a modo de puesta en escena vicaria. Y dijo algo importante: «Cuando el teatro ofrece mal cine, mal vamos. El teatro tiene que trabajar con la especificidad de lo teatral, que tiene que ver con lo artesanal, con que se vean las costuras». De las comunicaciones de la tarde, inesperadamente, la que más nos terminó convenciendo fue la dedicada al mito del vampiro en la dramaturgia mexicana.

Lo del viernes por la mañana no tuvo nombre. La primera ponencia demuestra que lo que escribíamos la semana pasada sobre la literatura comparada no era ninguna exageración. La segunda fue ruborizante y no se acercó siquiera a un nivel divulgativo. Estaba anunciada una mesa redonda de escritores, que a la hora de la verdad fue un mero recital de relatos. Por la tarde hubo varias comunicaciones sobre los avatares hispánicos de la ciencia ficción y la literatura fantástica. Particularmente brillante fue la de J. R. López García, de la UAB, dedicada a las ucronías históricas del tardofranquismo. Más tarde, Juan Molina Porras habló de El bermejino prehistórico, narración estrafalaria de Juan Valera que valora entre lo mejor de este autor. Rebeca Martín habló sobre los relatos fantásticos de Fernández Bremón, que acaba de editar en Lengua de Trapo.

«Hemos conocido al alienígena, y somos nosotros»: esta frase de la escritora canadiense Judith Merrill, sobre la que una de las comunicantes llamó la atención, resume la sensación de extrañamiento y el escalofrío unheimlich que nos ha sacudido estos días en un entorno tan cotidiano. Como Charlton Heston al final de su aventura en el planeta de los simios, no nos queda más remedio que reconocerlo: «He vuelto. Estoy en mi casa otra vez».