Impresiones de Leipzig
COMO DIJO AQUEL compañero de la carrera: «Leipzig, qué gran filósofo».
La historiadora francesa Florence Gauthier tiene escrito que las naciones europeas acabaron con economías populares ancestrales en tres continentes para que la burguesía pudiera echar azúcar a su té. Hay una canción de Randy Newman que trata de eso, o de algo parecido. Y una conclusión análoga sacará cualquiera que visite el museo de la Runde Ecke de Leipzig, en el antiguo cuartel general de la Stasi (Staatssicherheit, el servicio de inteligencia interior de la RDA, cuya rutina ha sido recreada en la grandísima película Das Leben der Anderen, con Oscar y estreno en España recientes): se acabó con el socialismo (con el socialismo real, como suele decirse) para poder leer la revista Bravo, escuchar discos de Michael Jackson y atender el oficio dominical sin ser fotografiados por ningún funcionario con bigote postizo. Estas conquistas de la democracia no tienen que ver con nuestro tema de hoy, pero ayudan a transmitir la atmósfera de una ciudad en la que, si sabemos interpretar correctamente la mirada de quienes esperan el tranvía, cualquier tiempo pasado fue mejor. Pese a su título, la columna dominical de este Semanario en el día de hoy no va a ser —ya lo habrán adivinado ustedes— una simple causerie de flâneur en torno a la ciudad sajona y su decadencia, sino un recorrido por sus museos y lo que en ellos puede aprenderse sobre la cultura impresa.
El museo de artes gráficas (Museum für Druckkunst) debe de resultar interesante a los escolares que lo visiten y puedan participar activamente en sus talleres. Quienes hayan terminado sus estudios de secundaria sólo podrán ver la mitad de las salas, sin tocar nada ni recibir ninguna explicación. Con todo, es una oportunidad única de conocer distintos tipos de maquinaria sobre los que uno viene leyendo desde hace siglos. Ahí están las primeras imprentas manuales, cuyo uso no decayó en todo el XIX, que portaban nombres como Liberty, Columbia, Ideal o Imperial. ¿Cómo se llamaría hoy una imprenta? Probablemente Pinky, o iRelevant. Echo en falta las famosas Minervas. Más llamativas son seguramente las linotipias, que eran una especie de máquinas de escribir gigantes para componer libros, en la que cada tecla liberaba la matriz correspondiente, que a su vez determinaba la fundición de un tipo determinado. También veo por primera vez monotipias de carne y hueso, que codificaban el texto a imprimir mediante troqueles en una cinta de papel continuo, que luego se metían en otra maquinola futurista de la que salían las composiciones —así se llaman las líneas de tipos— listas para imprimir.
Las imprentas hacen un ruido como de disco de Bjork. Imprimir es la parte fácil del proceso. La tipografía es lo difícil, un asunto de medida y de matemáticas, como de música para sordomudos: más complicado que poner las letras en el orden correcto tenía que ser andar echando cuentas de los puntos y los cíceros de las letras, buscando siempre unas medidas áureas y un equilibrio visual volátiles. Hasta los años 1990 era un oficio todavía bastante manual, un trabajo de chinos, y entran sudores al ver planchas con la guía de teléfono de Frankfurt compuesta poco menos que a mano. Como filigrana ejemplar se expone en el Museum für Druckkunst una sentencia de Lichtenberg tallada en un tampón de 6 milímetros de lado: «Mehr als das Gold hat das Blei die Welt verändert. Und mehr als das Blei in der Flinte das Blei im Setzcasten», más que el oro, es el plomo el que ha cambiado el mundo, y más que el plomo en el arcabuz, el plomo en el chibalete. Esta redacción admira rendidamente al sabio deforme de Gotinga, pero la comparación ya la habíamos visto tematizada en un grabado del siglo XVII, y debía de ser un lugar común —hoy poco frecuentado— para consuelo de sabios y humanistas.
Mucho más interesante nos ha parecido el Schrift- und Druckmuseum, discretamente albergado en la Deutsche Bücherei, que hoy es una de las tres bibliotecas alemanas elevadas a la dignidad de "biblioteca nacional". Esta Deutsche Bücherei se encuentra en un edificio con todos los similores y bajorrelieves esperables en los edificios oficiales del Segundo Imperio. Lo curioso es que a pocos metros le hace sombra otro, hecho de planchas de hormigón, con cerca de quince pisos, que impresiona por su ausencia absoluta de ventanas. Ambos se hallan interconectados por un cilindro con ojos de buey situado a quince o veinte metros del suelo. El bloque sin ventanas es, claro, el almacén, y nuestra amiga Adelaida, que está preparando oposiciones, asegura que así los libros están más ventilados y protegidos de humedad que en los habituales almacenes subterráneos. Suponemos dentro un sistema complejísimo de pasadizos y tubos neumáticos, que provoca muchas horas de espera entre que se cursa la solicitud de un libro y que se sirve.
La universidad de Leipzig existía desde antes de Gutenberg, por lo que los primeros textos que se imprimieron en la ciudad ya tuvieron la prudencia de adoptar amplios márgenes, tipos pequeños y generosos interlineados, de modo que los estudiantes pudieran hacer sus traducciones y sus escolios. Eso dio a aquellas páginas incunables una elegancia que delata su proveniencia y por la que todavía son fáciles de reconocer a simple vista. Muchas de ellas están expuestas en este Schrift- und Druckmuseum, que es el museo del libro más antiguo del mundo y no se deja resumir fácilmente. Entre otras cosas se encuentran ejemplares salidos de las prensas de Melchior Lotter, quien en 1511 introduce en tierras alemanas la letra Antigua para ediciones de los clásicos. O las chifladuras del impresor Johann Gottlob Immanuel Breitkopf, quien en el siglo XVIII realizara dos experimentos basados en el mismo principio: la traducción de información gráfica a tipos de imprenta: el primero, genial y exitoso, fue el de la impresión musical —Adelaida sabría explicar en qué consiste, pero yo no—, y el segundo, decididamente temerario, fue el de la impresión de mapas geográficos; en este museo se conserva alguna enorme galera formada por cientos de miles de tipos que representan texturas, elevaciones, vegetaciones, caminos, casas, topónimos, todo ello compuesto a ojo de buen cubero y con estas manitas. La litografía, desarrollada poco después a partir de los descubrimientos de Aloysius Senefelder (que era otro visionario pacienzudo), terminaría salvando de la locura a generaciones enteras de cajistas de imprenta.
El Zeitgeschichtliches Forum no es un museo del libro, sino de historia alemana contemporánea, pero es el único sitio en que podrán ver libros encuadernados en salvamanteles o en cajas de huevos: con esas trazas, obtenían un estatus jurídico de objeto artístico que les evitaba la censura, con lo que dentro podían despotricar a sus anchas contra Honecker.
Última anécdota libresca de Leipzig: en un museo que hay enfrente de la Thomaskirche puede verse (de lejos) la biblia de Johann Sebastian Bach, profusamente anotada por el compositor. Es iluminador caer en la cuenta de que entre las condiciones históricas que predeterminan la aparición de un Bach se encuentra la reforma protestante, que permite una reflexión directa y frecuente sobre el texto bíblico. Los países de la contrarreforma no tienen compositores comparables quizá en parte porque el significado del texto era desdeñado por la fe del carbonero y quedaba en todo caso encriptado en los latines. Latines que, por cierto, Bach no quiso enseñar en la escuela para poder concentrarse en la música, por lo que pagó de su bolsillo a un sustituto que se los enseñase a sus alumnos.
Abandonamos definitivamente Leipzig —o Lipsia, como figura en los colofones de muchos impresos en español— dos días antes de que dé comienzo la feria anual del libro por la que es conocida desde el siglo XVI. No estamos para ferias. El trabajo nos llama.

