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OS CUENTO la película, a ver qué os parece. Estoy preparando un artículo para el Hispanistentag sobre una colección de libros españoles impresa en Alemania en el que mantengo varias hipótesis, unas más fundadas que otras. Os las expongo de manera sintética, casi aforística, a ver qué cara ponéis.
Cuatro líneas para poneros en antecedentes. En 1860 la editorial Brockhaus de Leipzig comienza a editar simultáneamente seis colecciones nacionales de países extranjeros en los idiomas originales. Están destinadas a la exportación, y la Colección de Autores Españoles es la segunda más voluminosa de ellas, con 37 títulos en 48 tomos, muchos de ellos reeditados dos, tres y hasta cuatro veces. Se trata de la tercera colección nacional española, tras las de Librería Europea / Baudry (comenzada en 1840) y la famosa Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra (comenzada en 1846); los libros de la de Brockhaus son considerablemente más pequeños y portátiles que los de las otras colecciones, más para ser leídos en el vagón del tren que para lucirlos en anaqueles. Los títulos seleccionados confirman esa imagen: muchos de los autores todavía están vivos, alguno (Galdós) es casi novel, las novelas han aparecido antes como folletón; los títulos más antiguos (Don Quijote, Fray Gerundio de Campazas) son en realidad longsellers.
Aunque sé quiénes participaron en la elección de los títulos, no he encontrado ninguna declaración explícita sobre el criterio que siguieron. Probablemente es algo que se discutió por escrito, pero la mayoría de los documentos históricos de Brockhaus se perdieron con los bombardeos aliados en la II Guerra Mundial.
Al principio pensé que si editaban romances y novelas costumbristas era porque los editores participaban de la idea de nacionalismo etnocultural, lo que también se llama "nacionalismo alemán": cada nación tiene un carácter distinto y por lo tanto produce y consume una literatura adecuada a ese carácter, que procede del o se inspira en el pueblo. Sin embargo, después de haber revisado diarios y biografías, no parece que la familia Brockhaus ni sus jefes del negociado extranjero prestaran especial atención a esta teoría, al menos tal y como la formularon y difundieron Herder, los hermanos Schlegel, los hermanos Grimm, etc. Esto no quiere decir, ciertamente, que no participaran de estas ideas: todavía hay muchas personas que las dan por ciertas sin haber leído a ningún filósofo alemán.
En la colección de Brockhaus hay, por lo menos, una construcción consciente de una identidad española, como demustra la edición de dos novelas, un drama y un romancero sobre el Cid, o la inclusión del Gil Blas de Lesage, obra de autor francés pero situada en una España estereotípica. Supongo que esto responde a un reparto de identidades nacionales europeas, que ha de ser entendido como una diversificación de culturas específicas cuyo fomento por parte de editores alemanes minaba la hegemonía cultural francesa (que por el contrario ofrecía una cultura única universal). El etnoculturalismo como estrategia comercial, vaya.
Últimamente, en cambio, me inclino a pensar que el criterio fundamental de la Colección de Autores Españoles era menos ideológico. He encontrado cartas que prueban que los editores eran conscientes de estar haciendo ediciones fraudulentas de libros, y sólo se pusieron a pensar en pagar royalties en el momento en que alzó la voz la viuda de un autor portugués, seis años después de comenzadas estas colecciones. Si la Colección de Autores Españoles acaba en 1887 —razono— es porque el año anterior se había aprobado el primer tratado de propiedad intelectual de alcance europeo, el famoso convenio de Berna. De hecho, desde esa fecha sólo se reedita uno de los pocos títulos exentos de derechos: el Quijote.
En términos generales, la colección recoge obras de los autores españoles más vendidos de la segunda mitad del XIX. Y todos ustedes saben que esos autores fueron: Cecilia Böhl de Faber, folklorista precoz y tertuliana de esta casa; el novelista histórico Enrique Gil y Carrasco; Antonio Trueba, poeta autodidacto con sospechas de carlismo; María Pilar Sinués de Marco, que cuenta en su haber más de cien novelas de un machismo y una beatería recalcitrantes. Piensen mal y acertarán: todos ellos fungieron, con mayor o menor conciencia de ello, de abanderados del pensamiento reaccionario (defensa de la sociedad y de los valores del Antiguo Régimen: altar y trono).
Una hipótesis interesante, aunque secundaria, es que el Quijote también habría sido percibido como obra conservadora: hasta entonces, su lectura tradicional en España había sido la de que intentar cambiar de clase social es cosa de chiflados; aparte, el Quijote había servido durante las primeras décadas del XIX como modelo para infinidad de obras antiliberales. Álvarez de Miranda tiene un artículo rotundo sobre ello.
Otra de mis hipótesis favoritas es que Galdós también fue incluido en la colección a fuer de reaccionario. No porque realmente lo fuera, sino porque su primera novela, La fontana de oro, tenía muchos ingredientes antiurbanos y estaba dirigida contra Fernando VII, a quien, por increíble que parezca, los auténticos reaccionarios tenían mucha tirria: por haber sustituido la policía a la Inquisición, por haber creado un afrancesado ministerio de Fomento, por haber usado de la Pragmática Sanción para dar el trono a una mujer, liberal para más inri (léase Álvarez Junco: Mater dolorosa). La edición de Brockhaus aparecía dos años después de la príncipe madrileña: todavía no sabía nadie quién era el escritor canario, ni de qué pie cojeaba.
En resumen: Brockhaus edita lo que supone que va a poder vender en España: reaccionarios, carlistas, clericales. Este debe ser, pienso yo, el punto principal del artículo: la literatura reaccionaria era rentable. La gente la compraba, y con un poco de suerte los gobiernos se suscribían, como había ocurrido en 1856 con la Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra, que no tenía una tendencia ideológica tan marcada pero servía a los intereses de gobiernos en trance de nacionalizar a las masas por las buenas (enseñándoles a leer novelas de autores españoles y ambientadas en España) o por las malas (mandándolos a Cuba o a Marruecos).
La gente la compraba: esta es la gran paradoja de la literatura reaccionaria española del XIX. Digo reaccionaria porque reaccionaba contra la revolución burguesa, que estaba modificando en toda Europa las formas de vida y de producción, y que, como hacían bien en temer estos autores, iba a terminar destruyendo la sociedad del Antiguo Régimen, una sociedad consituida ideal y exclusivamente por una aristocracia paternalista y un pueblo pobre pero honrado: la sociedad de las novelas de Fernán Caballero. La paradoja radica en que era la aborrecida burguesía, pequeña y grande, la que compraba y leía tales obras. La literatura que por abreviar llamamos reaccionaria sería la predilecta de industriales y tenderos, y ello le permitiría perpetuarse durante décadas en los dramas de Marquina y Villaespesa, en los poemas de Gabriel y Galán y Agustín de Foxá, en las novelas de Ricardo León, en la inmensa mayoría de zarzuelas.
Rentabilidad de la literatura reaccionaria: César Vidal, Pío Moa. No digo más.
Dejo la lista completa de ediciones para el artículo impreso, pero ya he citado casi todos los autores recopilados en la colección de Brockhaus: faltarían Hartzenbusch, Calderón, Campoamor y un par de antologías. Me interesa, por supuesto, saber si os he convencido o no, si dais buena parte de esto por sabido, si conocéis ejemplos o contraejemplos de los mismos fenómenos. Pero teniendo en cuenta la hora que es, me conformo con haberos entretenido.



