28 de enero de 2007

Expreso

EL PRÓXIMO congreso de jóvenes romanistas alemanes, literalmente Foro del Joven Romanismo, se celebra este año en Göttingen. Como integrante de la organización estoy obligado a leer todas las propuestas de conferencias, que ocupan como mucho una cara de un folio y alcanzan en total la treintena (el plazo de inscripción, por si alguien estuviera interesado, se va a prorrogar hasta mediados de febrero).

Para clasificar los proyectos en mi fuero interno dispongo de un sistema con tres categorías distintas, representadas por tres letras. A significa que el tema es interesante de por sí y está planteado con corrección y claridad; quedan aceptados sin discusión. B significa que la investigación no representa novedad ninguna, el tono es pedante y la ponencia aburrirá a las ovejas, características que, por ser extensibles al 90 % de las intervenciones académicas, los incluye también automáticamente en nuestro Foro. C significa que el autor no sabe de qué está hablando y probablemente nunca lo sabrá; se recomienda su exclusión más que nada para evitarle hacer algo de lo que más tarde pueda arrepentirse. Sin embargo es bien sabido que en este tipo de congresos lo importante es participar, y al final todos dispondrán de su momento de gloria mientras no dejen de pagar los derechos de inscripción.

El problema es que el momento de gloria es bastante más largo que un momento. Cada ponencia durará veinticinco minutos, y está previsto dedicar otros veinte a la discusión. Con sus refecciones y sus pausas para estirar las piernas, las treinta ponencias nos mantendrán ocupados tres días enteros. Aun cuando los temas realmente nos interesasen, sería difícil mantener la atención alerta tanto tiempo: ¿no sería más sensato apostar por la concreción y disponer de más tiempo para charlar con los colegas y conocer los atractivos históricos de la ciudad?

«On peut tout faire avec trois trompettes», escribió con su genio enigmático Erik Satie. Estoy completamente de acuerdo. Si incluso los grandes descubrimientos de la genética y de la astronomía pueden explicarse a profanos en pocos minutos, también debería ser posible hacerlo con las investigaciones filológicas, máxime ante un público de especialistas.

Supongamos que cada ponente dispusiera de tres trompetas, quiero decir, de seis minutos. Nuestras treinta conferencias podrían concentrarse en tres horas, que es casi lo que dura una película de Harry Potter, y después podríamos ir a ver los instrumentos científicos de Lichtenberg en el museo de la ciudad, visitar la imponente biblioteca histórica o triscar por las peñas sobre las que Heine derrochó tanto sarcasmo.

Mucho antes de nuestro foro de aprendices de brujo se celebrará el Deutscher Hispanistentag, al que previsiblemente asistiremos más de dos centenares de hispanistas divididos en cerca de veinte secciones separadas. Si cada ponencia se concentrase en seis minutos podrían escucharse en tan sólo veinte horas todo lo que los hispanistas alemanes tienen que decir al mundo. Menos de lo que duran las Vexations del ya citado y siempre admirado maestro Satie. Con todos los hispanistas reunidos en una sala, el congreso tendría algo de circo romano o de juntas de accionistas, potenciaría el sentimiento corporativo e incluso me atrevo a predecir que algunas derivas teóricas ruborizarían para no volver a levantar la vista por nunca jamás.

Las ciencias experimentales hace tiempo que organizan tandas de posters, aunque generalmente con una función subsidiaria dentro de un congreso. El objetivo es agilizar el flujo de información, dar voz a un gran número de participantes y obtener el big picture del estado actual de la disciplina. Una especie sui generis de científicos, los programadores informáticos, creyeron sin duda que estaban inventando la rueda cuando dieron a su propia versión de los posters un nombre eléctrico y pegadizo: lighting talk. Tengo entendido que los artistas y bohemios han hecho de la concisión informativa una forma de karaoke y lo han llamado Pecha Kucha.

Por el mero placer de nombrar, yo propondría un nuevo nombre para el pecha kucha de las filologías, uno que se le ocurrió antes de ayer a mi amigo Patricio de manera espontánea: congreso expreso, expreso como el café, expreso como el presente de indicativo del verbo "expresar", expreso como el Dioni.

Expreso: diez ponencias por hora, tres transparencias por ponencia y un ambigú en el que reunirse al finalizar la sesión para discutir detalles con los investigadores que nos sean afines y alumbrar proyectos futuros. Teniendo en cuenta que estamos hablando de humanidades, habría que disponer de mueble bar. El formato —especie de speed-date intelectual— es casi televisivo, y no le encuentro más que una pega: la publicación.


La publicación es el objetivo último de los congresos. De hecho, cuando uno tiene suficiente caché, puede dejar de ir al congreso y simplemente mandar su artículo para el volumen. Y cuando uno se ha convertido en catedrático deja incluso de mandar el artículo. La duración de las ponencias se adecua a la extensión física de éstos, y dividir un congreso en secciones sirve al propósito de obtener una cantidad de artículos adecuada al tamaño de un volumen. ¿Pero qué hacer cuando hay doscientos participantes con un tiempo de intervención muy reducido?

Seamos realistas: si las universidades tienen dinero para publicar diez volúmenes, se publicarán diez volúmenes. Con el congreso expreso ya no será necesario elegir un título y unos colaboradores antes de saber quién tiene interés en ese tema y cómo trabaja. Como resultado, los volúmenes de actas serán bastante más orgánicos de lo que son, pues podrán acordarse los contenidos antes de redactarlos, y se tendrá una idea más exacta del trabajo de los demás redactores antes de ponerse a escribir. Los proyectos existirían antes del congreso, pero podrían adaptarse a las necesidades del grupo.

Dicho de otro modo: la reducción del tiempo de intervención no supone la reducción del espacio de publicación; y en caso de que la reducción del tiempo conllevara un aumento en el número de participantes, podría darse cabida a todos los trabajos en un CD-rom, como tienen previsto hacer los organizadores del próximo congreso de la Aleph. Eso, siempre que no se quiera introducir una componente darwinista en la selección de los trabajos publicables, en base al interés que hayan despertado entre los colegas; no me disgustaría ver cómo funciona algo así.

He dejado para el final la mayor ventaja que tendrían estos congresos expresos, y es que obligarían a los investigadores a poner los pies en la tierra y dar a sus trabajos una forma racional. Literalmente no tendrían tiempo de andarse por las ramas. La restricción del tiempo conduciría a trabajar especialmente en la síntesis de las ideas, y acomodarlas a fórmulas susceptibles de tener un impacto social dentro y más allá del mundo universitario. Porque en discursos de media hora pueden lanzarse bombas de humo para que el auditorio se desoriente y crea que la idea clave se le ha pasado por alto en un momento de distracción; pero en seis minutos será evidente quién no tiene más que humo que ofrecer. Y como escribió Stanislav Andreski hace ya muchos años, «la confusion de pensée […] ne conduit nulle part en particulier et peut être indéfiniment entretenue sans avoir d'impact sur le monde».

oOo


ADIVINANZA

¿Cuál es el escritor de ficción más importante para el mundo contemporáneo? ¿Cuál es el que más ha influido en que las cosas sean como son hoy en día? Olviden por un momento a Hegel y los textos que supuestamente fueron revelados por una divinidad, y respondan: ¿cuál es ese escritor que, de no haber existido nunca, habría cambiado la faz del mundo por completo? ¿Goethe? ¿Joyce? ¿Homero? ¿Javier Cercas? Hagan sus apuestas. La respuesta, la semana que viene, en su hoja parroquial favorita.

21 de enero de 2007

El rey del mambo

DESDE HACE un año largo Kathleen trabaja a tiempo parcial en la coordinación del corpus norteamericano del Kindlers Neues Literaturlexikon, la enciclopedia de literatura más completa en lengua alemana. La redacción de los artículos es un proceso largo y burocratizado, pues hay que seleccionar a los autores, encargarles determinadas entradas, mantener correspondencia con ellos, recordarles sus compromisos hasta el último minuto, corregir los artículos y mandarlos a la editorial. Toda la cadena se simplifica mucho cuando los propios coordinadores redactan las entradas, lo que suele ocurrir si se incorporan títulos imprevistos. A Kathleen le ha tocado hace poco escribir la ficha de The Mambo Kings Play Songs of Love, del escritor norteamericano Óscar Hijuelos. Ésa era la novela que tenía en la mano cuando la encontré antes de ayer en el suelo, muerta de risa.

El libro ganó el Pulitzer, tiene película propia con Antonio Banderas y puede dar de comer a quienes se interesen por la imagología. Trata de las andanzas de dos músicos cubanos en Estados Unidos, en los años en que triunfaban Pérez Prado y Desi Arnaz. Lo desopilante del caso son, sin embargo, las hazañas bélico-sexuales que realizan sus sandungueros protagonistas.

La vergüenza suele aconsejar a los escritores pasar de puntillas sobre lo reducido de sus experiencias vitales para no poner en evidencia que lo más cerca que han estado de un contacto sexual fue aquel día en que se confundieron de cuarto de baño. Hijuelos, en cambio, no tiene ningún rubor. Veamos un primer ejemplo:

«She'd rub baby oil on her breasts and thights, then get a jar of petroleum jelly and smear it between her legs, find Nestor napping in the bedroom, suckle him, and then impale herself on his member».

Hasta aquí puede decirse que el lenguaje es directo, casi cafre, con un entusiasmo de neófito, aunque verosímil en lo esencial. Pero presten atención a cómo sigue:

«It seemed they must have made love countless times in their sleep. One night when she was dreaming about picking flowers, she felt his penis entering her from behind. But not into her vagina. She was half asleep, so that the sensation of being entered there came over her body slowly […] Then they were both sound asleep again».

¿Será esto a lo que llaman inmaculada concepción? Es un misterio, no cabe duda. La novela está llena de perlas por el estilo, de mujeres complacientes, cuyos gustos coinciden sospechosamente con los de los hombres, mágicamente autosatisfechas en el sentido más pedestre de la palabra, y de varones infatigables, priápicos, a quienes la proverbial libido latina pone al borde del maltrato doméstico.

«She had other virtues, which kept them busy until past seven in the morning; they slept happily until around ten-thirty, when the Mambo King and this Dahlia fucked one more time, showered together, got dressed, and showed up in the hotel dining room».

«And for the Argentine Flame of Passion it was the way she enjoyed the act of fellatio, actually liked the spill of his milk inside her mouth —or so she pretended. (And her technique! She would make his spectacular member even more spectacularly huge. She'd take the root of his penis above his testicles, which resembled jowls and were the size of good California plums)».

¿Han estado alguna vez en California? Pues ya me contarán.

Uno de los momentos más ideológicos de la novela es el encuentro entre el Rey del Mambo y una virgen de 40 años que quiere reservarse para el matrimonio. «I'd have to be married first.», dice ella. Y el Rey, como era de prever, se lo toma a mal:

«"Then what are we doing here?" And he turned red in the face and was about to get dressed and leave. But then the woman showed him what she liked to do, taking his big thing ("It feels heavy") into her mouth, and went at him like a pro, and when he started to come, Betty squirmed and twisted, grinding herself into the bed, and then, as her body flushed and her face turned the color of a spring rose, she came, too. […] And then she grasped his thing and began sucking him again, and when he came, she did, too, the same way as before. Then they fell asleep, but he woke around five-thirty because she was sucking him again».

Me imagino a Hijuelos —que es un tipo así, calvito, con gafas, como usted o como yo— mordisqueando el bolígrafo mientras imagina la escena y calibra los símiles: «¿Será verdad todo lo que cuenta Robert Crumb? ¿Tiene la loción bronceadora la misma consistencia que el sirope de remolacha? ¿Qué hora es en California?»

Leyendo sólo las escenas eróticas, como he hecho yo, es difícil creerse que la novela esté escrita en serio. Sobre todo cuando uno se topa con imágenes tan evocadoras como ésta: «Her legs spread wide, a shaft of sunlight would come flowing out from her». (Una imagen, por cierto, de estirpe indudablemente mariana.) Y mi favorita: «she felt as if she were being occupied by a living creature the weight and lenght of a two-year-old cat».

Un gato de dos años, fíjense bien; porque tres es mucho y uno es poco.

Los señores que nos lean no deben preocuparse si no tienen un gato de dos años. En el rastro los regalan, y con el tiempo crecen.


Otro de mis momentos preferidos llega tras una concienzuda puesta en escena en la que se evoca la vida del marinero y sus amores portuarios, que nos lleva hasta Marsella:

«He remembered the misty night in Marseilles when he met Antoinette, a delightful woman who loved to suckle his member. Some women didn't know what to make of it, but she treated his thing like a favourite rag dog. Exhilarated by its elasticity and thickness, she'd rub her big stretchy French lips over its head, as if its seepage were some kind of lotion, until her lips became sheeny with his semen and her nipples, taut as cork, stood out from her breasts and her hot ass left a line of moisture down from his knees to his toes. Viva la France!»

Sic. No digo que algún afortunado no haya tenido alguna vez un encuentro en la tercera fase como éste; lo que sí puede asegurarse es que Hijuelos apenas ha salido de Nueva York, pues la experiencia que suele traerse uno de vuelta de Francia se parece bastante más a la que registró Frank Zappa en una canción gloriosa y naturalista.

Lo más curioso de todo es que por momentos lo asalta a uno una intensa sensación de déjà vu, de reconocimiento súbito, de desbloqueo de la amnesia lacunar. Como cuando el rey del mambo, abatido tras el entierro de otro de los protagonistas, visita a su novia: «She was so wiped out by Nestor's death that she allowed him to do whatever he pleased. They'd get naked: he fucked her in the mouth, between her legs, up her ass». O poco antes, en estilo directo: «And you know what I like? I like when we're doing it the regular way and then I'm about to come and I pull out and then you take me in your mouth and then I'm about to come and I pull out and go back inside of you and we keep doing it until I can't contain myself anymore».

Les suena, ¿no es cierto? No es necesario que respondan: todos tenemos nuestros vicios. Lo curioso es que ni siquiera la pornografía, en su viaje sin retorno hacia un mundo de ilusión y completamente depilado, se encuentra aún tan desconectada de la realidad como las escenas que ofrece determinada literatura. Y en cierto modo es comprensible, porque las representaciones foto o cinematográficas no pueden ocultar las fricciones, el dolor o el aburrimiento. La literatura, sí.

Conste que no critico la novela desde la experiencia personal que, como suele decirse en estos casos, supera a la ficción, sino desde el conocimiento más bien libresco y estadístico que proporcionan los informes de Kinsley, de Shere Hite o incluso de Sylvia de Béjar. Sabemos que lo de Hijuelos no son más que licencias poéticas, realismos mágicos, rasgos de estilo, pero los escritores harían un gran servicio a la humanidad evitando la idealización sistemática de las funciones biológicas y previniendo nuevas formas de bovarismo. A ver si se nos va a acomplejar la muchachada o, lo que es peor, a ver si en una de ésas se nos van a lesionar.

oOo


ESTAMPAS DE LA VIDA UNIVERSITARIA

Esta semana hemos tenido en la universidad de Gotinga elecciones para los órganos representativos. Entre las propuestas de los candidatos estudiantiles destacamos las siguientes:

1. que las patatas fritas del restaurante universitario tengan sal
2. que en el restaurante universitario se den especias gratis
3. que el restaurante universitario aumente su horario de apertura
4. proteger el carnet de estudiante contra falsificaciones
5. acabar con el patriarcado
6. más competiciones de poesía
7. que los huevos Kinder lleven alcohol

Aunque a la hora de la verdad la misma encargada de mesa recomienda votar a los candidatos que tengan nombre divertido.

14 de enero de 2007

Flores de otro mundo o la cosa de los espíritus

LAS ENTRAÑABLES fiestas a las que acabamos de sobrevivir dan ocasión a que se tematice la cosa de los espíritus. No se llega a los postres sin que le hayan conminado a uno por lo menos una vez a explicar su agnosticismo, como si lo inexplicable no fuera en realidad su contrario, la creencia en lo invisible. Yo, por no armarla, acostumbro devolver en adelante la pelota al tejado de los creyentes con una cantinela que ellos, y sólo ellos, pueden comprender:

—El espíritu sopla donde quiere.

Con su complemento implícito: «...y donde no quiere, no sopla». Es la explicación bíblica del agnosticismo, una forma como otra cualquiera de remitir al azar primigenio. Pero empiezo a pensar que mi tolerancia a este respecto sólo es un signo de debilidad de carácter, y que no contribuye en nada a hacer del mundo un lugar racional y habitable. He de cambiar de actitud.

Pensando en esto, en la navidad y en la actitud y en las guerras de religión, me acuerdo de Las flores del Corán. Tienen suerte si no saben de qué estoy hablando. El señor Ibrahim o las flores del Corán es en principio un monólogo teatral, integrado dentro de algo que su autor, Éric-Emmanuel Schmitt, denomina "ciclo de lo invisible". Tengo entendido que han hecho una película protagonizada por ese actor que abofeteó de niño a Edward Said (lo cuenta éste en sus memorias, con rencor madurado durante décadas). ¿Por qué un adusto comerciante parisino de ascendencia oriental tendría el gesto, más propio de una damisela victoriana, de poner a secar flores entre las páginas de un Corán? No hay quien lo entienda. El libro está bien escrito y tiene unas dimensiones razonables. Es agradable la idea, central, de que en un mundo perfecto cada uno debería poder elegir su propia familia y la herencia cultural que quiere recibir. Pero no entiendo a qué viene hacerle tragar a uno que la religión es algo definitorio del ser humano; como la pobreza, la gripe o Manuel Fraga, la religión es algo que siempre ha estado ahí, pero que no se pierde la esperanza de poder erradicar algún día, sin dejar de ser lo que quiera que hayamos sido para entonces. Y no me refiero sólo a la religión institucional, sino a toda esa perniciosa ideología de pensar que hay más cera que la que arde. La cosa de los espíritus, ya digo.

Irresuelto pese a su importancia queda en la novela el tema del hermano inexistente, misterio embragado supongo que en respuesta mecánica al dictado arbitrario de la retórica postmoderna, que huye de aquel momento de la verdad en que Poirot reúne al dramatis personae —hay que volver a ver Muerte en el Nilo sabiendo que Jane Birkin está en el reparto— y reconstruye la historia hasta que al asesino se le suben los colores; el escritor postmoderno, digo, o sea, el escritor universitario que crea en el perfeccionamiento brounetieriano y diacrónico de las formas estéticas, considera el esclarecimiento algo demasiado rotundo, igual que ya no queda músico que cometa la vulgaridad de insertar una cadencia perfecta, dominante a tónica, como no sea por dadaísmo o porque al programa informático que selecciona las notas de manera aleatoria le haya salido de rebote. Lo de que no exista un personaje no me parece ni bien ni mal, pero sí un poco de cartón.

Sigue un viaje se supone que iniciático por el sur de Europa, hecho de fogonazos breves de lugares pintorescos, el equivalente literario de un publirreportaje de promoción turística, algo que supongo que habrán trasladado al celuloide con mucha vista aérea y música folclórica. La faena se remata como con prisa, muerte previsible, pase de relevo. En definitiva, una novela de formación acelerada con confianzas de machismo cuartelario. Los niños del coro, sin coro.

Y ustedes se preguntarán que por qué le estoy yo haciendo este destrozo a una novela que ni es nueva ni he leído recientemente. Callarse, que estoy venao.


Lo primero que me irrita es lo fantástico del argumento. Da la casualidad de que enfrente de mi casa queda una tienda de comestibles en todo semejante a la que describe Schmitt. Se encuentra atendida las veinticuatro horas por un paquistaní llamado Baba, que tiene mal genio y un bigote manchado de nicotina. Podría interpretarle Omar Sharif, si se pusiese a dieta. A veces bajamos a buscar algún antojo.

—¿Tiene cerveza de malta?
—¡Allí está, hombre, joder, ya esta bien!

Baba es así. Siempre. Claro que no le culpo, porque no debe de ser agradable dormir toda la vida en un sillón en la trastienda de un colmado para satisfacer los caprichos intempestivos de estudiantes consentidos.

La última vez que estuve en la tiendecita de Baba fue una noche en la que Kathleen quería a toda costa fumar un cigarrillo. De aquello hace ya más de un año. Baba estaba sentado en un taburete detrás del mostrador, y era su mujer la que atendía a los clientes. Le pregunto si podría darme el cambio en monedas de cincuenta, para la lavadora.

—¡No hay cambio!

Pues nada. Si en un momento de ofuscación existencial le robase a Baba una lata de conservas, estoy convencido de que esa noche su mujer se cenaría mis menudillos.

La emisión de Karambolage del 7 de enero se refería brevemente a lo que en Francia se conoce por «el árabe de la esquina», comentando que lo normal es que los dependientes sean bereberes, y no árabes. En el futuro, concluye la emisión, serán chinos, hindúes o pakistaníes, y la gente se seguirá refiriendo a ellos como «el árabe de la esquina». Si realmente es así, parece que lo más pertinente al tratar el asunto de las tiendas de comestibles es el indolente astigmatismo cultural francés. Un tema poco glamuroso, en comparación con lo invisible.

¿Le mejoraría a Baba ese humor de perros si practicara una religión sincrética o, cuando menos, la aromaterapia? Eso nos lleva al segundo y más disgustante defecto de Las flores del Corán: el trascendentalismo humanista-ecuménico, esa religiosidad superferolítica y de buen rollo que se ha metido en el bote incluso a gente de la cáscara amarga como el difunto Haro Tecglen, que vio la representación teatral y aseguró en una reseña que la conversión del protagonista no es al Islam, sino a una suerte de humanismo estético representado en las flores de marras. Las ganas. Tal y como se presenta la historia, es la religión del mentor —la que sea, que esto es algo que no queda claro, aunque hay una conversión in extremis al sufismo— lo que le da dignidad humana. Y esto es algo que mucha gente está dispuesta a aceptar sin discusión. La semana pasada, sin ir más lejos, y después de varias horas de sobremesa, conseguí ponerme de acuerdo con una simpática doctoranda católica en que su ética y la mía eran virtualmente idénticas. «Y sin embargo, la tuya está vacía», sentenció con esa suficiencia irracional que da la fe. Se entiende que mi ética, al no provenir de una cosmología cristiana ni ser recompensada en otro mundo, no tiene el mismo caché.

La principal razón por la que no me gustan las religiones es que son una fuente de conflictos permanente. El filósofo y neurocientífico Sam Harris advierte constantemente de su peligrosidad, por ejemplo en su último libro, The End of Faith (el título es programático). De Sam Harris pueden leerse en internet muchos y magníficos artículos, además de la interviú que le hizo Punset. La revista Sin Permiso ha traducido esta semana una entrevista muy sintética, de la que cito:

«La "fe" es una creencia falsa en proposiciones injustificadas (que un libro determinado fue escrito por Dios, que nos reuniremos con nuestros seres queridos luego de la muerte, que el Creador del Universo puede leer nuestros pensamientos, etc.) La "espiritualidad" o el "misticismo" (ambas palabras son bastante espantosas, pero no tenemos mejores vocablos en inglés) hacen referencia a un vasto proceso de introspección por medio del cual una persona está en condiciones de advertir que ese sentimiento que se llama "yo" es una ilusión cognitiva […] En más de una ocasión, el Presidente de los EEUU ha pretendido dialogar directamente con Dios. Ahora bien; si dijera que se comunica con Dios por medio de su secador de cabello, entonces habría una emergencia nacional. No alcanzo a comprender por qué, si le agregamos el secador de cabello, su afirmación puede resultar más ridícula y ofensiva».

Al final de la entrevista, Harris propone un experimento de desautomatización lingüística que todos ustedes pueden realizar en sus casas: cada vez que alguien mencione la palabra "Dios", reaccione como si hubiera hecho uso de la palabra "Poseidón". Verán qué risa. Buena suerte y hasta la semana que viene.

7 de enero de 2007

Laforgue y la sinécdoque desaforada

¿EN QUÉ SE PARECE Antonio Espina a Jules Laforgue? No, no es un chiste. Aunque podría serlo. La similitud entre uno y otro ha adquirido rasgos de rutina en los estudios sobre el primero. Los leo simultáneamente —uno con cada ojo— y cada vez entiendo menos: ¿en qué se parecen Espina y Laforgue? El método científico aconseja preferir las explicaciones simples a la complejas, de modo que doy por hecho que la causa del malentendido se encuentra en la influyente antología La Poesía Francesa Moderna, de 1913. Enrique Díez-Canedo traduce allí cuatro poemas de Laforgue, entre los cuales hay pasajes crípticos con mayúsculas, algo que Espina explotaría sin descanso. Por ejemplo: «Se van los dioses; no hay más / que brutos, más cada día: / de sobra estoy, corro hacia / la Sinecura Inclusiva».

Le pregunto a mi amigo Eduardo, que acaba de editar la poesía completa del poeta madrileño: ¿en qué se parecen Espina y Laforgue?

—En que Espina escribió un poema a la luna.

Después de todo sí era un chiste. Pero así se escribe la historia de las ideas estéticas, qué duda cabe.

Reticente a admitir esta explicación —probablemente la más verdadera—, continúo comparando.

«Yo no soy más que un vividor lunario / que de círculos llena los estanques»: si uno fuera Francisco Caudet, diría que estos versos claramente tienen que ver con la denominación "Concéntrica", recurrente en Espina. Y guiñaría el ojo.

Aparte de un tropo, la sinécdoque es un proceso mental básico en el conocimiento del mundo, simplificando fenómenos complejos en imágenes mentales fáciles de retener y almacenar. «Pájaro» —y uno piensa en un gorrión. «Coche» —y uno piensa en un Seat 124. De no ser por la sinécdoque, nos quedaríamos pasmados ante la infinitud de lo diverso, y saldríamos en un cuento de Borges.

Si otras disciplinas le ofrecen alguna resistencia, en la historia literaria la sinécdoque campa a sus anchas. «Espronceda» —el pirata. «Don Ramón» —el esperpento. «Unamuno» —el enfurruño. Y así aprende uno, o cree que aprende.

(En el siglo XX los autores se dieron cuenta de que sólo por esos lobanillos estilísticos iban a ser apreciados por el público, y los alimentaron hasta que adquirieron proporciones tumorales. Hacen de la necesidad virtud en un proceso de diferenciación que tiene que ver con la profesionalización del escritor, y que tiene un efecto retroactivo. Pero ese es otro asunto.)

Lo que hoy nos importa es que, habiendo vivido en una época previa a ese proceso de caricaturización consciente, la sinécdoque se ceba con Laforgue con saña exagerada. «Laforgue» —los poemas a la luna. Así lo retrataba su propio hermano para Les hommes d'aujourd'hui. Ahora, que no es una, sino varias, las sinécdoques que desfiguran el perfil de este escritor.

Después del motivo lunar, lo más característico de Laforgue es el empleo del verso libre (no confundir con verso blanco). Espina también lo emplea, por cierto, pero no era el primer poeta español en hacerlo. Ya en 1907, en el número 2 de El Nuevo Mercurio, detectaba Salvador Rueda en alguno de sus contemporáneos —no decía cuáles— esas "pantomimas barriolatinescas" consistentes en poner y quitar sílabas a los versos.

Un tercer estereotipo aplicado frecuentemente a Laforgue lo convierte en humorista. Se trata de una confusión notable. Después de haber leído sus poemas completos, sólo uno tiene algo de chispa: aquella fantasmagoría primeriza que se cierra con un cadáver al que le han robado su tumba.

Gracias a la biografía informal de David Arkell (Looking for Laforgue, Manchester: Carcanet Press, 1979), basada en diarios y correspondencia, se entera uno de muchos pormenores de la vida del genio. Porque su vida, más que sus poemas o sus poses, no está desprovista de gracia. Al poco de su nacimiento, su padre —"freelance teacher" (?) en Montevideo— anota en su diario: «I've only known him for a month but it was painful». El joven no tarda en apuntar maneras, escribiendo una obrita de teatro cuya acción se sitúa en la Italia renacentista y en la que los personajes leen a Schopenhauer (!). Gracias a su amigo Paul Bourget disfruta de cinco años palaciegos en Berlín, como lector de la afrancesada emperatriz alemana Augusta, con un horario laboral de menos de dos horas diarias y dos meses de vacaciones al año ($). Va constantemente a la ópera, asiste a los estrenos de algunas sinfonías de Brahms y sale con un demostrativo dolor de cabeza. Aprende a patinar y a hacer ochos sobre hielo. Mientras tanto, su hermana mantiene como puede a media docena de hermanitos huérfanos en un pueblo de la Francia meridional.

La suerte sonríe al joven Laforgue y le da pocos motivos para componer el rictus irónico o autoparódico por el que, paradójicamente, habría de ser recordado. Hasta 1886, lo más humorístico de su producción puede reducirse acaso a una única y enigmática frase que merece ser traducida sobre la marcha: «Lamentaba haberla poseído en 1884 en lugar de en 1878, cuando los vestidos de las chicas eran mucho más atractivos».

Laforgue había impreso varios libros de poesía, a sus costas, y como no había tenido malas críticas —pues algunas las escribía él, y otras su impresor, Leo Trézenik— llegó a creer que en París iban a pagarle por escribir. No ahorró nada en sus años cortesanos, y su hermana hubo de vender los muebles de la familia para mandarle dinero. El poeta muere en la miseria apenas cumplidos los 27 años, y la maestrilla inglesa que acababa de casarse con él no había de sobrevivirle más que unos pocos meses. Todo esto no tiene gracia ninguna.

La importancia canónica de Laforgue, pese a todo, no procede de su tic lunario ni de su ironía inexistente, sino de haber relajado el ritmo silábico. Lo más justo habría sido hacer de Laforgue un liróforo plañidero, despreocupado y trágicamente ingenuo. Quizá sea todo lo que haya que decir.