Expreso
EL PRÓXIMO congreso de jóvenes romanistas alemanes, literalmente Foro del Joven Romanismo, se celebra este año en Göttingen. Como integrante de la organización estoy obligado a leer todas las propuestas de conferencias, que ocupan como mucho una cara de un folio y alcanzan en total la treintena (el plazo de inscripción, por si alguien estuviera interesado, se va a prorrogar hasta mediados de febrero).
Para clasificar los proyectos en mi fuero interno dispongo de un sistema con tres categorías distintas, representadas por tres letras. A significa que el tema es interesante de por sí y está planteado con corrección y claridad; quedan aceptados sin discusión. B significa que la investigación no representa novedad ninguna, el tono es pedante y la ponencia aburrirá a las ovejas, características que, por ser extensibles al 90 % de las intervenciones académicas, los incluye también automáticamente en nuestro Foro. C significa que el autor no sabe de qué está hablando y probablemente nunca lo sabrá; se recomienda su exclusión más que nada para evitarle hacer algo de lo que más tarde pueda arrepentirse. Sin embargo es bien sabido que en este tipo de congresos lo importante es participar, y al final todos dispondrán de su momento de gloria mientras no dejen de pagar los derechos de inscripción.
El problema es que el momento de gloria es bastante más largo que un momento. Cada ponencia durará veinticinco minutos, y está previsto dedicar otros veinte a la discusión. Con sus refecciones y sus pausas para estirar las piernas, las treinta ponencias nos mantendrán ocupados tres días enteros. Aun cuando los temas realmente nos interesasen, sería difícil mantener la atención alerta tanto tiempo: ¿no sería más sensato apostar por la concreción y disponer de más tiempo para charlar con los colegas y conocer los atractivos históricos de la ciudad?
«On peut tout faire avec trois trompettes», escribió con su genio enigmático Erik Satie. Estoy completamente de acuerdo. Si incluso los grandes descubrimientos de la genética y de la astronomía pueden explicarse a profanos en pocos minutos, también debería ser posible hacerlo con las investigaciones filológicas, máxime ante un público de especialistas.
Supongamos que cada ponente dispusiera de tres trompetas, quiero decir, de seis minutos. Nuestras treinta conferencias podrían concentrarse en tres horas, que es casi lo que dura una película de Harry Potter, y después podríamos ir a ver los instrumentos científicos de Lichtenberg en el museo de la ciudad, visitar la imponente biblioteca histórica o triscar por las peñas sobre las que Heine derrochó tanto sarcasmo.
Mucho antes de nuestro foro de aprendices de brujo se celebrará el Deutscher Hispanistentag, al que previsiblemente asistiremos más de dos centenares de hispanistas divididos en cerca de veinte secciones separadas. Si cada ponencia se concentrase en seis minutos podrían escucharse en tan sólo veinte horas todo lo que los hispanistas alemanes tienen que decir al mundo. Menos de lo que duran las Vexations del ya citado y siempre admirado maestro Satie. Con todos los hispanistas reunidos en una sala, el congreso tendría algo de circo romano o de juntas de accionistas, potenciaría el sentimiento corporativo e incluso me atrevo a predecir que algunas derivas teóricas ruborizarían para no volver a levantar la vista por nunca jamás.
Las ciencias experimentales hace tiempo que organizan tandas de posters, aunque generalmente con una función subsidiaria dentro de un congreso. El objetivo es agilizar el flujo de información, dar voz a un gran número de participantes y obtener el big picture del estado actual de la disciplina. Una especie sui generis de científicos, los programadores informáticos, creyeron sin duda que estaban inventando la rueda cuando dieron a su propia versión de los posters un nombre eléctrico y pegadizo: lighting talk. Tengo entendido que los artistas y bohemios han hecho de la concisión informativa una forma de karaoke y lo han llamado Pecha Kucha.
Por el mero placer de nombrar, yo propondría un nuevo nombre para el pecha kucha de las filologías, uno que se le ocurrió antes de ayer a mi amigo Patricio de manera espontánea: congreso expreso, expreso como el café, expreso como el presente de indicativo del verbo "expresar", expreso como el Dioni.
Expreso: diez ponencias por hora, tres transparencias por ponencia y un ambigú en el que reunirse al finalizar la sesión para discutir detalles con los investigadores que nos sean afines y alumbrar proyectos futuros. Teniendo en cuenta que estamos hablando de humanidades, habría que disponer de mueble bar. El formato —especie de speed-date intelectual— es casi televisivo, y no le encuentro más que una pega: la publicación.
La publicación es el objetivo último de los congresos. De hecho, cuando uno tiene suficiente caché, puede dejar de ir al congreso y simplemente mandar su artículo para el volumen. Y cuando uno se ha convertido en catedrático deja incluso de mandar el artículo. La duración de las ponencias se adecua a la extensión física de éstos, y dividir un congreso en secciones sirve al propósito de obtener una cantidad de artículos adecuada al tamaño de un volumen. ¿Pero qué hacer cuando hay doscientos participantes con un tiempo de intervención muy reducido?
Seamos realistas: si las universidades tienen dinero para publicar diez volúmenes, se publicarán diez volúmenes. Con el congreso expreso ya no será necesario elegir un título y unos colaboradores antes de saber quién tiene interés en ese tema y cómo trabaja. Como resultado, los volúmenes de actas serán bastante más orgánicos de lo que son, pues podrán acordarse los contenidos antes de redactarlos, y se tendrá una idea más exacta del trabajo de los demás redactores antes de ponerse a escribir. Los proyectos existirían antes del congreso, pero podrían adaptarse a las necesidades del grupo.
Dicho de otro modo: la reducción del tiempo de intervención no supone la reducción del espacio de publicación; y en caso de que la reducción del tiempo conllevara un aumento en el número de participantes, podría darse cabida a todos los trabajos en un CD-rom, como tienen previsto hacer los organizadores del próximo congreso de la Aleph. Eso, siempre que no se quiera introducir una componente darwinista en la selección de los trabajos publicables, en base al interés que hayan despertado entre los colegas; no me disgustaría ver cómo funciona algo así.
He dejado para el final la mayor ventaja que tendrían estos congresos expresos, y es que obligarían a los investigadores a poner los pies en la tierra y dar a sus trabajos una forma racional. Literalmente no tendrían tiempo de andarse por las ramas. La restricción del tiempo conduciría a trabajar especialmente en la síntesis de las ideas, y acomodarlas a fórmulas susceptibles de tener un impacto social dentro y más allá del mundo universitario. Porque en discursos de media hora pueden lanzarse bombas de humo para que el auditorio se desoriente y crea que la idea clave se le ha pasado por alto en un momento de distracción; pero en seis minutos será evidente quién no tiene más que humo que ofrecer. Y como escribió Stanislav Andreski hace ya muchos años, «la confusion de pensée […] ne conduit nulle part en particulier et peut être indéfiniment entretenue sans avoir d'impact sur le monde».
¿Cuál es el escritor de ficción más importante para el mundo contemporáneo? ¿Cuál es el que más ha influido en que las cosas sean como son hoy en día? Olviden por un momento a Hegel y los textos que supuestamente fueron revelados por una divinidad, y respondan: ¿cuál es ese escritor que, de no haber existido nunca, habría cambiado la faz del mundo por completo? ¿Goethe? ¿Joyce? ¿Homero? ¿Javier Cercas? Hagan sus apuestas. La respuesta, la semana que viene, en su hoja parroquial favorita.


