31 de diciembre de 2006

Tela impresa, paratexto

ME PREGUNTO (es una pregunta retórica) si algunos de los adelantos tecnológicos más importantes no se han producido en regiones septentrionales solamente por la sofisticación cultural a que obligan los rigores del clima. Concretamente la necesidad de vestirse y, más allá del pudor, de abrigarse, y de reemplazar periódicamente las prendas usadas, está en el origen de artefactos tan alejados en su función como puedan ser los ordenadores —cuyo código deriva directamente de los telares mecánicos del XIX, historia con la que suelo impresionar a las chicas— o la prensa periódica de gran tirada.

Esto último es evidente cuando uno ve los diseños de las maquinarias en la fábrica de Jouy-en-Josas: se hace pasar la tela entre dos rodillos que la imprimen y que disponen incluso de cilindros subsidiarios para el entintado. Bastaba sustituir la tela por papel continuo para poder imprimir a tutiplén. Tiene perfecta lógica que la máquina de papel continuo sea un invento francés de aquellos años finales del siglo XVIII. Pero los enormes rollos de papel anduvieron como gato sin dueño durante más de medio siglo, ya que antes de inventar la rotativa había que apañárselas para curvar la forma, lo que no se hizo posible hasta 1846.



En las manufacturas de Jouy-en-Josas el alemán Oberkampf proporcionó un contenido típicamente francés a un producto importación —la tela indienne— que había llegado a amenazar la producción textil francesa. En los talleres de Oberkampf había también pintores profesionales que llegaban a cobrar 1.800 y hasta 2.000 francos por diseño, en lo que debió de suponer una de las primeras posibilidades de profesionalización en un contexto de mercado liberal para los de su oficio. Una reciente emisión de Karambolage contaba cómo el propio Napoleón se desprendió de la solapa la cruz de honor para condecorar in situ al industrial. Sin duda se dio cuenta de que había maneras más sutiles de armar un imperio.

Creo que lo que más me fascina de las telas de Jouy es el reconocimiento inmediato de algo que no se sabe qué es. Tampoco sabríamos decir de memoria qué representan sus motivos, pero de algún modo nos resultan familiares; es algo que está ahí, en el fondo de nuestra cabeza, junto a la pulsión prensil y el miedo a la palabra "altramuces". ¿No provendrá de una vida pasada el recuerdo impreciso de esas escenas campestres, repetidas con monotonía de estereograma, y que de puro abigarradas nos impiden ver el bosque? Puerta sin llave, lenguaje sin diccionario, tele sin teletexto: las telas de Jouy tienen para mí dignidad de símbolo. De símbolo de la ubicuidad invisible de la Historia.

Muchos de sus motivos neoclásicos —pastoriles, mitológicos, monumentales— remiten a un mundo cultural común a la literatura dieciochesca que hoy nos resulta igualmente incomprensible y que en parte se alimenta de ella. Verlos impresos sobre tela y repetidos ad nauseam sobre las tapicerías y vestidos de la aristocracia nos ayuda también a entender algunos registros o géneros literarios. Desde las mignonettes de los primeros años de la fábrica o las imitaciones de mimbre (nattes) hasta esas figuras que talmente se dirían «Apolo con peluca», en sintagma acuñado por los románticos españoles. El mundo de Jouy es igual de recargado e irrespirable que el de aquellos poemas del 1800 con 28 estrofas de acción estática en endecasílabos blancos o, lo que es peor, cuajados de ripios. «Siendo yo niño tierno, / con la niña Dorila / me andaba por la selva / cogiendo florecillas». Retozos ideales entre los cojines del diván.

Otras representaciones, sin embargo, las menos alegóricas, nos resultan más familiares. El exotismo se registra por primera vez en las telas de Jouy, y prácticamente se agota, pues llega hasta las estilizaciones psicodélicas que aún sobreviven en los diseños de cachemir. También en Jouy-en-Josas empiezan esas escenas de caza que llevan siglos poniendo en evidencia el mal gusto y la presunción de tantos livings. De repente, hojeando un catálogo de telas antiguas, me sobrecoge una sensación como de anagnórisis: el estupor infrecuente que provoca el reconocimiento de un arquetipo olvidado.


24 de diciembre de 2006

Número cero

NO LEA esto si es alérgico a la prosa campanuda.

Presentamos aquí un hebdomadario incorpóreo sobre literatura. Para decepción de muchos aclararemos cuanto antes que el sintagma "literatura recreativa" no significa "literatura doblemente creativa", sino que este semanario galvaniza aquel género florecido a mediados del siglo XIX con la "Bibliothèque des merveilles" de Hachette y las colecciones de Furne, Jouvet o Flammarion, el género de la vulgarización científica y de la experimentación casera. Era aquella la época de las cabeceras presididas por una mujer con una biela debajo del brazo, en actitud de Columbia Pictures presents, arrojando sobre la plana la luz de la razón.

Precisamente razón no es siempre lo que más abunda en el estudio de la literatura, que en términos generales se caracteriza por las demostraciones incomprensibles y las actitudes avarientas respecto al conocimiento. Haría falta poner esa ciencia literaria, en caso de que exista, al alcance de los niños. Por así decir.

Invertir en la accesibilidad de las disciplinas científicas sólo puede incrementar su funcionalidad social. Una tal pretensión de sencillez no sólo responde a fines prácticos, sino que también es justa, ya que toda complicación innecesaria del discurso científico contribuye a que las diferencias de capital originario (cultural, simbólico, económico) acentúe la desigualdad social. Y lo peor no es no poder acceder al conocimiento, sino acceder a él y darse cuenta de que todo podía haberse dicho sin tantos arrequives. Quizá merezca la pena resucitar aquí, para público escarmiento, aquella broma privada de las "Estampas de la vida universitaria"; otro día desempolvaremos nuestras lecturas de sociología cultural y no dejaremos títere con cabeza.

Estudiar literatura significa estudiar cosas que son mentira. A día de hoy se sabe bastante más de la lógica interna de esa mentira que de cómo y por qué funciona en el mundo real. Porque funciona, pero ¿cómo funciona? En la vida académica cotidiana uno trata de abordar esta pregunta con modales convenientes. Creemos, sin embargo, que merece la pena hacer la experiencia, con soltura dominguera, de desinhibirse: la originalidad gratuita tiene en la vida académica un valor propedéutico y desautomatizador, y muy pocos foros donde practicarse. Siempre y cuando se mantenga la cabeza sobre los hombros y no se haga de ello una ocupación a tiempo completo.

Aparte, al hilo del estudio se encuentran con frecuencia anécdotas estrafalarias y fenómenos casi forteanos que da como angurria dejar sin apuntar. Para contar esos chascarrillos, para disfrutar de la literatura bizarra (y de la no menos pintoresca crítica literaria) y para discutir ideas con colegas distantes se inaugura hoy una tertulia virtual en la taberna galáctica: el Semanario de literatura recreativa.

Por último, y aunque estaban advertidos, la redacción se excusa por el tono rimbombante, que ya sabemos que no vamos a ser capaces de controlar. Son cosas nos pone en el oído ese señor del XIX que mira lo que escribimos por encima de nuestro hombro. Con ustedes también lo hace, lo que pasa es que no lo ven.