2 de diciembre de 2007

La inveterada desidia de la librería española

MUY A finales del XVIII, el polígrafo Christian August Fischer, de Dresde, andaba de paso por la península ibérica, y se lamentaba de lo complicado que resultaba tratar con sus libreros e impresores: «Cuando les preguntan por algún libro, todo es andar de una parte a otra, informarse entre los demás colegas, etc. ¡Cuánto tiempo perdido!». El testimonio lo cita Jesús A. Martínez Martín (en "Libros y librerías. El mundo editorial madrileño del siglo XIX") a través de Rodríguez Moñino, pero el relato completo de su viaje ha sido recientemente reeditado por la Universidad de Alicante . Casi cien años más tarde, otro alemán residente en Madrid, y cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros, escribía a un compatriota suyo una detallada catilinaria sobre los libreros capitalinos:

«De cortesía y de celo empresarial rara vez se habla; ni el jefe ni su personal tienen, aparentemente, el más mínimo interés en vender nada; sólo a desgana se dignan satisfacer los deseos del cliente, a menos que se trate de un amigo de la casa. Por no tomarse la molestia de buscar un libro que no les queda al alcance de la mano —pero que, como luego se comprueba a menudo, está efectivamente disponible— prefiere decir el librero: "¡no lo tenemos!", o "ya no nos queda", de modo que a menudo tengo que subir yo mismo a la escalera y buscar personalmente lo que quiero. Jamás se le viene a las mientes la idea de pedir [al editor] un libro que uno ha buscado en vano en su establecimiento. Y si el cliente pregunta al librero si no podría pedir el tal libro, bien puede ocurrir que se niegue en redondo, o que aparentemente se avenga a ello, pero el pedido no se cursa, porque esto cuesta el esfuerzo de mandar una carta, y aprovecha poco. Ahora bien, cuando uno insiste en conseguir el volumen deseado, cuando uno implora al librero para que se lo proporcione, cuando uno deposita el dinero necesario, todavía no puede uno estar seguro, pues ha de esperarse muchas semanas, cuando no meses, antes de recibirse el libro, aparecido en una ciudad de España a pocas horas de distancia. De las obras extranjeras no hay ya ni que decir. En el mejor de los casos todavía se pueden hacer enviar libros franceses, e incluso ingleses; pero los alemanes, por ejemplo, es algo que raya en lo imposible, y cuando uno recibe después de muchos meses el libro alemán encargado, puede estar seguro de pagar por él cerca del doble de lo que cuesta» (Anónimo: "Spanien und sein gegenwärtiger Buchhandel", en Hermann Weißbach (ed.): Deutsche Buchhändler-Akademie / Organ für die Gesamt-Interessen des Buchhandels und der ihm verwandten Gewerbe, Weimar: Verlag von Herm. Weißbach, 1885, tomo II, pp. 205-206; nuestra traducción).
Siglo y pico más tarde, uno está tentado de suscribir las citas, y dejarlo aquí. Sin embargo, el rencor nos impulsa a seguir adelante.

Esta semana hemos recibido un correo electrónico de una librería, cuyo nombre callamos porque está muy feo señalar, en el que se nos pedían instrucciones sobre la forma de cursar nuestro pedido. De tres libros solicitados, sólo dos de ellos obraban en su poder, por lo que no sabían si mandármelos inmediatamente o esperar a que les llegara el tercero y expedirlos todos juntos.

Ocurren dos cosas. La primera es que los libros los habíamos pedido en agosto. La segunda es que los tres figuraban en el catálogo en línea de la librería, mientras que el librero daba a entender sin rebozo que él mismo los había pedido a otro establecimiento. Nuestra
desapoderada respuesta fue del siguiente tenor:
«Estimados amigos:
»Después de tanto tiempo lo último que esperaba era recibir noticias suyas. ¿De dónde tienen que llegar los libros, si figuraban en su catálogo? Si yo compro un libro en una librería, es porque lo tiene en el estante o en el almacén (o, si la librería pertenece a un grupo editorial, en un depó
sito al que puede tener acceso en pocos días, pero éste no es nunca el caso de una librería de ocasión). No compro libros para que nadie haga de intermediario y añada al precio un sobrecargo. Vivo desde hace varios años en Alemania, y cuando pido un libro a través del Zentral Verzeichnis Antiquarischer Bücher lo recibo —créanme— una semana más tarde, si no antes, y pago después de recibir el libro, por transferencia bancaria, y con unos gastos de envío que rondan los dos o tres euros. Esto de los gastos de envío no es, desde luego, nada que puedan decidir los libreros españoles, aunque muchos hacen precios globales muy hinchados, independientemente del peso de los libros que se envíen. Pero en su caso ¡ni siquiera sé cuánto me pensaban cobrar! Es más, que yo recuerde, al libro de Pérez de Ayala aún no le habían puesto precio. ¿Cómo pueden ustedes pretender hacer negocio con esa falta de transparencia, que obliga al cliente a comprar a ciegas? ¿Cómo pretenden ustedes hacer negocio demorando los pedidos de los clientes durante medio año? ¡Y eso que al menos dos de los tres libros que les pedí están aún en el catálogo de sus editoriales respectivas, y que les escribí un recordatorio algunas semanas después!
»Les aseguro que tenía muchísimo interés en adquirir esos libros (alguno lo he recibido, entre tanto, a través del préstamo interbibliotecario), pero consideraría una injusticia que ustedes me sacasen un solo céntimo, habida cuenta el servicio que dan. Me aguanto y me quedaré sin ellos, al menos por el momento: lo que sea antes que rebajarme a aceptar sus condiciones».
Q. b. s. m., etc. En realidad, los tres títulos figuran actualmente en el catálogo de sus respectivas editoriales. Uno de ellos es del año 2005; otro, el que todavía no habían localizado nuestros intrépidos comisionistas, de 2004. Podían incluso haberlo pedido a la Fnac, donde les habrían hecho un descuento del 5%, y hubieran podido elegir entre distintas ediciones de la obra .

En este país centroeuropeo desde el que les mandamos nuestras crónicas semanales, y que tan criticable es por muchas otras razones, el envío de libros dentro del territorio nacional cuesta 85 céntimos de euro —han leído bien—, para paquetes de peso inferior a 500 gramos. En cambio, en otros lares hay quien cree que hacer política cultural es poner a Ramoncín en un templete para que hable de sus neuras.

A estas alturas, pasada de moda la odisea en el espacio y siendo el futuro ya cosa pretérita, las técnicas y motivación de los libreros españoles son las mismas que las que registraban desconsolados alemanes hace cientos de años. Mientras que en otras naciones las librerías cuentan con catálogos actualizados al minuto que recalculan los gastos de envío automáticamente en función de la cantidad y tamaño de los ejemplares solicitados, y cobran vía PayPal para agilizar las transacciones y que los clientes puedan pagar sin sustos, los libreros españoles se dedican a torear al personal. Le cobran gastos arbitrarios, lo desorientan, lo aburren, lo estafan, lo marean, en fin, como hace aquel viejo grisáceo de la calle Sagasta, en un establecimiento que se diría la biblioteca de Babel, y en cuyo catálogo puede encontrarse absolutamente todo, pero que en realidad se dedica a pasar los pedidos a otros vendedores, haciendo al interesado regresar de nuevo a su caótico cuchitril varios días después y pagar dos euros de recargo. Como decía aquel pobre sabio sajón, todo es andar de una parte a otra, cuánto tiempo perdido.

Nos hemos referido hasta ahora al mercado de anticuario y ocasión. Pero la adquisición de libros nuevos en España es igualmente incierta, y también hace honor a la tradición secular que constataban ya los corresponsales convocados más arriba. El que suscribe, sin ir más lejos, ha llegado a esperar dos y tres semanas a que le trajeran un libro de ese mismo año, y esto en tiendas de Madrid. Otras veces los títulos no aparecen en el catálogo, o se dan por agotados libros que no lo están (cualquiera que tenga un amigo librero sabe que eso del libro descatalogado es el equivalente estructural de las "caídas de sistema" que pretextan los teleoperadores cuando quieren sacarse a un cliente de encima), o se le manda a otro establecimiento de la misma franquicia «por si acaso lo tuvieran allí». Y de los encargos internacionales no digamos: nosotros hemos tenido la experiencia de ir a pedir a una librería de Gotinga un libro editado en España, y que el librero nos pasase el brazo por encima del hombro y nos recomendara paternalmente: «mira, por pedir, se puede pedir, pero la verdad es que no merece la pena el esfuerzo».

No éramos nosotros, sino Beatriz de Moura , quien el pasado agosto hacía el siguiente planteamiento: en Alemania «la distribución de libros es similar a la de los productos farmacéuticos. Si éstos pueden llegar a una farmacia, de uno en uno y en 24 horas o menos, ¿por qué un libro no?»*.

La representación gráfica de una librería más antigua que se conoce es una danza de la muerte del año 1499, publicada en Lyon. En ella puede verse a un zombi cabreado intentando arrebatar un volumen al mercachifle de turno, y éste que si quieres arroz Catalina. Incluso hace ademán de irse de naja por la trastienda. Tenemos sospechas fundadas de que era un súbdito expatriado de Isabel y Fernando.

2 comentarios:

J. Galbarro dijo...

¡Excelente entrada y blog! Como a tantos pagué la novatada de encargar en una librería universitaria un libro publicado en Francia. Desesperado, porque lo necesitaba para una tesis, cuatro meses después decidí aventurarme a comprarlo por Internet. La casualidad quiso que los dos llegaran con pocos días de diferencia... Eso sí, por Internet tardó solo una semana.

Lux Veritatis dijo...

Me ha encantado, asombrado, maravillado, que después de tanto tiempo sigamos igual; y suscribo la actitud de desidia de nuestros libreros. También yo pedía (suplicaba, imploraba, y pagaba a altos precios) libros cuando hacía mi tesis, muchos de los cuales aún no han llegado (solo han pasado 9 años...) Y es cierto todo. Por eso, ahora recorro todas las Bibliotecas Digitales del mundo, y soy feliz, pero he jurado que nunca más volveré a someterme al látigo del librero. Préstamo interbibliotecario y punto. Buen blog. Sigue escribiendo.