8 de julio de 2007

Las condiciones materiales de producción intelectual

HE LLEGADO A la fase Sturm und Drang de la redacción de mi tesis, lo que significa que paso días y noches amarrado a la mesa de estudio como un galeote, con un humor que oscila entre los accesos de furia a lo Klaus Kinski y los ataques de hilaridad injustificada. En cuanto al trabajo en sí, aplico aquello que decía siempre Adelaida: «si sale con barba, San Antón, y si no, la Purísima Concepción».

Mi mesa de estudio está en un extremo del dormitorio, de modo que literalmente puedo pasarme trabajando desde que me levanto hasta que me acuesto, aunque sólo lo hago cuando es necesario. La mesa es una que tenía Kathleen de cuando iba al colegio; a la izquierda conseguí encajar hace unos meses una mesilla de noche para colocar los libros de la biblioteca y no perderlos de vista: las multas pueden ser de hasta 7 € por un retraso de un par de días. En el corcho, a la izquierda, listas de palabras y normas de redacción. Clasifico materiales en los cajetines de acuerdo al siguiente orden: en el de arriba van los artículos importantes que aún no he leído, en el del medio van los materiales para este Semanario, y en el de abajo las fotocopias que nunca necesitaré leer. Un criterio análogo rige el contenido de los tres cajones del escritorio —cosas importantes, cosas inútiles y cosas que no tienen nada que ver—. Me pregunto si todo el mundo aplica en su vida cotidiana esa lógica difusa, y si es posible sobrevivir con otra. Últimamente también he empezado a amontonar en el suelo las copias y los libros que tengo que llevarme a Madrid pasado mañana.

Creo, con ingenuidad de sociólogo aficionado, que el espacio de trabajo dice mucho sobre su usuario. En el caso de los escritores, sus escritorios pueden explicar algunas características de sus obras, o bien revelar una faceta de la personalidad del autor que éste se ha esforzado en ocultar en sus escritos. (Sería fascinante dar un curso de literatura contemporánea utilizando como base fotografías de los escritores, en lugar de sus novelas: cómo eran, cómo vestían, dónde vivían, quiénes eran sus amigos). Cualquiera que entrase al despacho de Unamuno, por ejemplo, sabría que se encontraba en el cubil un profesor: lo delatan los papeles —¿apuntes? ¿exámenes?— amontonados por el suelo. Las fotos de los escritores suicidas portugueses ponen al visitante en guardia y ciertamente no animan a comprar los libros del catedrático salmantino. Como yo, Unamuno ha tenido que echar mano de una mesa supletoria, en su caso camilla, para poner los libros, que desbordan. Como me dijo alguien una vez, Unamuno era así porque pasaba frío, y se metía periódicos debajo de la ropa. Claro que también hay otras versiones.


El despacho de Galdós es anterior a Ikea y al contrachapado; en sus buenos tiempos debía de estar al menos tan desordenado como el de Unamuno, pero a la muerte del escritor alguien lo adecentaría para que las visitas no pensasen «qué desastre de hombre». Esperamos que el retrato de la mesa no sea el de la Pardo. En su casa de Santander, Galdós colgaba por las paredes cuadros firmados por Antonio Maura, y tocaba el armonio: no nos esperábamos ninguna de las dos cosas.

Cualquiera que haya visto por dentro la guarida de Ramón Gómez de la Serna sabrá a qué atenerse. Tampoco necesitará leer sus novelas quien visite el pisito de D’Annunzio, lo que sin duda resulta una ventaja. El zaquizamí de Dragó, en fin, parece un puesto de baratijas. La consulta de mi alergólogo es igual, y sólo por eso voy a dejar de ir. Dragó tiene el Cossío, porque resulta que es taurófilo y hasta escribe un blog de tauromaquia y de logomaquia.

En su estupendo blog del que nunca haremos suficiente propaganda, el polígrafo poliinstrumentista Momus comentaba en abril un artículo de The Guardian sobre los espacios de trabajo de varios escritores ingleses, entre ellos J. G. Ballard o David Lodge: «el tipo de habitaciones de las que los padres se apropian para realizar los trabajos creativos que han ido retrasando cuando sus hijos se van de casa». Hay que reconocer que los escritores actuales son, con mucha frecuencia, eso: padres —madres— con un hobby, lo que no sería en absoluto reprochable si no envolvieran demasiado a menudo esa misma realidad en un discurso romántico sobre la inspiración y el cultivo de las manías.

El bueno de P*** me ha proporcionado un cultural atrasado de El País (n° 1.454, 8 de agosto de 2004) cuyo dossier central se basa en la misma idea que el de The Guardian, sólo que con escritores españoles. No podemos reproducir las fotografías por aquello de los derechos, pero digamos que Álvaro Pombo abusa del ganchillo y de la tela de Jouy, que el despacho de Javier Marías parece el de un abogado, y que Muñoz Molina tiene los estantes llenos de discos y de fotos de sí mismo. Luis García Montero espera la llegada de la musa (o de Morfeo) tendido en una chaiselongue —sin quitarse los zapatos—, junto a una lámpara de diseño vagamente oriental y delante del balcón: «Me gustan los atardeceres». Si alguna vez le hubiéramos tenido respeto, se lo perderíamos. El único de los nueve escritores entrevistados que no nos da repelús es Rodrigo Fresán. Bueno, y Elvira Lindo, pero Fresán es el único que parece que trabaja. Tiene dos ordenadores: «Ficción a la izquierda, no ficción a la derecha» (MacBook y PC, respectivamente). En los estantes, una foto de Bob Dylan, una caricatura de Bolaño, un autógrafo de Breccia. De todos los escritores entrevistados, su mesa es la que menos se parece a un altar.

Ahora, que echo la vista atrás y reparo en que muchos de los escritores que más me gustan se iban a escribir al café.

5 comentarios:

inquilino dijo...

Curioso, yo pensé algo parecido cuando vi las fotos de ese reportaje de El País. "Esta gente, ¿tiene un despacho exclusivamente para enseñar a las visitas o es que todo se lo escribe algún negro?". No conozco a nadie que use la mesa de su despacho y tenga un entorno tan impoluto.
Interesante artículo. Suerte con la tesis.
Saludos

El Rafa dijo...

Ahora me siento mejor con mi escritorio... gracias por la interesante nota.

Saludos.

Javier Martín dijo...

Bueno, al fin y a cabo, ¿quién no ordena su casa antes de enseñarla?
No significa que esté horrible, pero siempre quieres dar la mejor imagen. Claro que a todos nos gustaría verlas desordenadas, llena de apuntes (y si podemos leerlos, mejor, jaja) y con papelotes que hagan referencia a obras suyas que nos gustan.

Ivan dijo...

Sólo para ampliar el horizonte: el siguiente blog exhibe estudios de diseñadores y dibujantes.

http://on-my-desk.blogspot.com/

Redacción dijo...

Gracias por el link, Iván. Extraigo de lo que veo el siguiente corolario zen: «Los escritores se toman en serio a sí mismos; los artistas gráficos se toman en serio su trabajo».